Aquel 16 de julio de 1989, Cuba perdió a su Poeta Nacional, pero el legado de Nicolás Guillén ya era eterno. Nacido en Camagüey el 10 de julio de 1902, este mulato universal supo hacer lo que nadie había hecho antes: introducir al negro como protagonista de la lírica hispanoamericana, con sus costumbres, su vocabulario y su dolor. En abril de 1930, la publicación de Motivos de son en el Diario de la Marina sacudió los cimientos de una burguesía que mantenía al pueblo afrocubano en el margen. Por primera vez, la cadencia del son se volvía instrumento político y poético.
Periodista de oficio y poeta de alma, Guillén entendió la escritura como una extensión natural de su compromiso social. Fundó y presidió la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, fue diputado a la Asamblea Nacional, recibió el Premio Internacional Lenin de la Paz y el Premio Nacional de Literatura. Pero su grandeza no cupo en los títulos. Fue el amigo entrañable de Jesús Menéndez, el líder azucarero asesinado en 1948, a quien vengó con la palabra en una Elegía que tardó tres años en escribir porque, como él mismo decía, "sabía lo que estaba buscando".
Perseguido por la dictadura de Batista, sufrió la cárcel y el exilio. Recorrió Europa, América Latina y la Unión Soviética, pero nunca dejó de llevar a Cuba tatuada en la mirada. Al regresar, publicó Tengo, un poemario que celebraba las transformaciones revolucionarias con versos que aún resuenan: "Tengo el gusto de andar por mi país, dueño de cuanto hay en él".
Hoy, a 37 años de su partida, Nicolás Guillén sigue siendo ese hombre de sonrisa escondida e ironía filosa que aseguraba que en todo buen poeta hay un niño. Su obra, hecha de ritmo y rabia justiciera, continúa siendo una toma de conciencia frente a lo que el poeta miraba: el pueblo, los humildes, la dignidad de una raza que encontró en sus versos la voz que la historia le había negado.