La noche del 26 de septiembre, tras una videollamada que unió a ceramistas de distintos puntos del planeta, se encendieron hornos a leña, a gas y eléctricos. No hacía falta tener uno de leña. La única condición era sumarse a ese gesto común: encender, hornear y acompañarse a la distancia. Cada espacio atravesaba el calor con sus propias condiciones, sus equipos grandes o pequeños, sus pozos, sus territorios. La sincronización no buscó borrar esas diferencias: las puso en relación.
Carlos Ovando, conocido como Lalo, ceramista mendocino, había construido uno en el espacio de Aluminé Fernández, en La Plata. Le escribió para avisarle que iba a participar y casi jugando se le ocurrió acompañarla desde Mendoza. Así nació la sincronía. Primero convocó a quienes le habían pedido ayuda para levantar los suyos en Córdoba y Chile. Luego, una compañera propuso grabar un video y abrir la invitación. El grupo de WhatsApp superó las 600 personas y hubo que organizarse. La transmisión en vivo que habían preparado terminó borrada, pero eso poco importó: quedaron los videos de cada espacio, las fotografías, los mensajes y una cartografía que permite imaginar la dimensión de aquella jornada.
El censo reúne 416 registros de personas, talleres y colectivos. Argentina concentró 318; Chile y México, 18 cada uno; Brasil, 17; Colombia, 12; Perú, 6. También participaron España, Uruguay, Costa Rica, Ecuador, Paraguay, Portugal, Francia, Suecia, Japón, Taiwán, Nueva Zelanda y Estados Unidos.
La obra no fue una pieza. Fue el acto colectivo de encender los hornos de manera simultánea en territorios distintos. Para Lalo, el fuego ceramista no es el que arrasa: es el que une. Y en un contexto que describe como de cero apoyo a la cultura, juntarse y hacer cosas de manera colectiva aparece como una respuesta posible. La comunidad sigue activa después de aquella jornada.