Acabo de comprarme un libro, “El poder de los afectos en política”, me sedujo más por el título que por su contenido (que en realidad no es gran cosa). Al margen de eso: En realidad creo, que en el fondo de todo lo que nos pasa -me refiero a nuestras diferencias dentro del campo nacional- hay mucho mas de cuestión afectiva que racional. Y, en cierta forma, pienso que todo intento de modificar la realidad social desde la sola racionalidad -gran vicio de los intelectuales, y de los ideólogos- es inútil. “Como tirar un chancho de la cola” diría Mari mi compañera.
Y siguiendo el hilo de ese pensamiento, engancho con el recuerdo de los años de la Dictadura, cuando con otros compañeros compartimos la cárcel de Resistencia, en el Chaco. En uno de los traslados internos, en el Pabellón 6 conocí al Negro Yofre. Un maestro de la vida. Casi puedo escucharlo de nuevo, mientras voy caminando por el pasillo del pabellón:
-“Juancho, vení, tomate unos mates conmigo, dale, no seas brígido…”- me decía, con afecto, copiando el lenguaje carcelario. Brigido es una palabra muy usada por los (mal llamados) presos comunes, que define el comportamiento formal, distante, del que se cree superior y produce distancia. Y yo no lo dudaba y me iba a tomar mate con ese solitario, tan sabio como huraño, que me honraba con su aprecio.
El Negro se sentaba todos los días a la mañana, una hora antes del recreo a la puerta de su celda, en el pasillo, sacaba un banquito, la pava, el mate y el fuelle (un calentador), y tomaba solo, no le daba bola a ninguno de sus compañeros de fábrica (Villa Constitución) que estaban ahí también en el pabellón, quien sabe qué diferencia había tenido. Cuando ellos pasaban miraba para otro lado.
Tenía como siete, ocho años más que yo, y enfrentaba su decisión de soledad -no cualquiera asume en la cárcel semejante decisión- con una expresión entre arisca y serena, que solo se alteraba cuando hablaba de “las jerarquías y el “superiorismo” de los revolucionarios”, que luchan por la libertad imponiendo su voluntad; de los grandes determinadores de otros, porque “saben” la verdad, de los “capangas de la ideología”, como los llamaba. Sentados ahí -mientras los demás presos caminaban el pasillo conversando de política, ida y vuelta, ida y vuelta- éramos (para mi), dos amigos mateando a la puerta de la casa de un barrio obrero de Rosario, de donde imaginaba que él provenía.
Traté que me cuente su historia, varias veces, pero me decía para qué. Y hablaba de los afectos, “que eso es lo más importante”. “Hombre que no cuida sus afectos no sirve”.
Yo escuchaba, tratando de entender. Todo su interés era ese querer y ser querido tan singular de las personas sencillas. La charla se interrumpía cuando llamaban al recreo, salíamos a un patio contiguo donde, en ese tiempo, aun se podía correr y jugar al futbol y ahí, por una hora, todos jugábamos y corríamos como si hubieran desaparecido todas las distancias. Yen verdad ya no las había en las ganas de tomar sol y aire libre y ver el cielo. Cuando volvíamos al pabellón también volvían las diferencias.
Todavía me resuena su Teoría Política, le gustaba llamarla así, irónicamente, para reírse de la exageración de los ideólogos (los detestaba). Decía que llegaría un día, que no estaba lejos, en que la verdadera política, “la verdadera Juan, no esta garcha”, iba a pasar por el arte, por el arte de juntar el misterio humano, todo aquello que en verdad racionalmente no sabemos, con lo colectivo.
“Lo que tendremos que ser tiene que salir de aquí (se golpeaba el corazón), no puede venir ya preparadito, ¿no te parece?” “Hay que saber querer, hay que saber querer”, decía con los ojos encendidos.
“Nadie tiene la posta y la verdad proviene de todos, pero aquí la cosa es cómo se construye ese Todos, y sino no hay arreglo”. “Y es difícil Juan, es muy difícil, pero ¿quién nos dijo que fuera fácil?, por eso los nabos acortan camino, largan su sentencia “de memoria” y se mienten a sí mismos que hacen política”.
Yo escuchaba, orgulloso de nuestra amistad. “A esos no los anima lo colectivo, sino su pequeño mundito, y siguen habitando el mas crudo individualismo, lleno de intereses personales, aunque se digan populares”.
No volví a verlo al Negro querido, no volvimos a vernos, a encontrarnos en nuestro vinculo, como él hubiera dicho. Y ya han pasado más de 50 años. Aunque a veces pienso que quizás nos hemos ido encontrando, en la vida, y ahora más que nunca, ahora en que por distintas circunstancias pareciera que ya no soportamos, porque empezamos a comprender, no sin dolor, que el punto de partida de toda transformación, de todo gran cambio, nunca puede ser una abstracción ideal, sino la contradictoria realidad misma que viven nuestros cuerpos. Cuerpos personales y cuerpo social. Nuestros cuerpos, que nunca mienten, y son como son. Cuerpos en dialogo.
Quizás por todo esto estemos, entonces, un poco más cerca, quizás en el umbral de un gran cambio, hacia lo que quería el Negro, el gran encuentro, desde una sinceridad, una aceptación de cómo somos, un dialogo entre nosotros, producido no por un compromiso moral (idealista o materialista), externo a nosotros, sino porque los cuerpos mismos ya no pueden más, y buscan curarse entre todos, porque ya no queda otra.
Porque “otra” sería tan disparatado como tirar un chancho de la cola.