La premiada cinta "Risa y la cabina del viento" del director Juan Cabral marca un hito en el cine nacional al recuperar el realismo mágico como herramienta política y emocional. Filmada en Ushuaia, la película narra la historia de Risa, una niña que tras perder a su padre descubre una vieja cabina telefónica sin cables que le permite conectarse con los muertos. Protagonizada por Elena Romero, Diego Peretti y con el debut cinematográfico de Cazzu, la obra utiliza elementos fantásticos para abordar el duelo colectivo de una comunidad.
El film, ganador de los premios a Mejor Película y Mejor Dirección en la Competencia Argentina del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, se desarrolla en los barrios más precarios de una ciudad turística que ofrece poco trabajo para una madre soltera. La cámara contenida de Cabral se enfoca en gestos mínimos antes que en subrayados dramáticos, creando un relato que funde el viento incesante del sur con una sensibilidad que comienza en la mirada infantil.
El realismo mágico aquí funciona como oxímoron: una fusión de fantasía y realismo donde elementos místicos se integran sin cuestionamientos. Según la tradición literaria latinoamericana, este género trata de lo improbable, no de lo imposible, despertando en las mentes materialistas una expectativa de probabilidad. La búsqueda de identidad de Risa devela heridas que afectan a muchos niños y los lazos especiales creados con madres solteras en contextos de precariedad laboral.
En la actualidad, el realismo mágico vive un renacimiento cultural impulsado por plataformas digitales, aunque "Risa y la cabina del viento" mantiene su raigambre en la tradición literaria latinoamericana. La película incluye seis canciones de Babasónicos en su soundtrack, reforzando su conexión con la cultura popular argentina. En una rutina hostil que aplasta la creación artística, estas historias abren camino a la imaginación como resistencia.
El film demuestra cómo el cine puede transformar lo cotidiano en algo inverosímil, ofreciendo ventanas para mostrar la complejidad y riqueza cultural de Latinoamérica. La cabina del viento se convierte en metáfora de las conexiones que perduran más allá de la pérdida, en un relato que valora las acciones colectivas frente al dolor individual.