En Cuba, conseguir quien venda papel ya es un riesgo: el que decide hacerlo puede ser sancionado por el Gobierno de Estados Unidos. Si aparece el vendedor, falta lo otro. Trasladar la carga hasta la isla es un camino tortuoso que nadie recorre gratis.
Juan Rodríguez Cabrera, presidente del Instituto Cubano del Libro, lo dijo en la mesa «Cultura contra bloqueo: limitaciones que impone el bloqueo al desarrollo editorial cubano», organizada por el ICL por los 50 años del Ministerio de Cultura. Hay que buscar variantes, asociaciones, coediciones, cooperaciones. Y añadió dos certezas: no se cierran las editoriales por el bloqueo, y el intercambio con los escritores es fundamental.
Michel Torres Corona, director de Nuevo Milenio, desarmó el problema en tres dimensiones. La material encarece e impide la llegada de insumos: papel, planchas, tinta. La del aislamiento les cierra a los autores los circuitos internacionales, las plataformas de venta, el cobro de derechos. La simbólica siembra desesperanza, empuja a pensar solo en las carencias, y ahí la pregunta es cómo un creador no termina siendo caja de resonancia de esa misma campaña.
Enrique Ubieta, al frente de Revolución y Cultura, contó que a veces hay que mudar las computadoras de un sitio a otro buscando electricidad. Ronel González Sánchez habló de no ver su obra impresa, o de verla en pocos ejemplares. Aun así, recordó las plaquettes y los libros con recortería de tiempos peores. En la Feria de este año se vendieron 240 000 ejemplares físicos, con calor insoportable y sin corriente.