“EL RUBIO NEGRO" 
Columna J.E.Ricci Especial Destacado

“EL RUBIO NEGRO" 

(★) .- Cuando el dinero nada tiene que ver con el alma y el espíritu de los libertadores, sólo así se puede hablar de libertad. (Homenaje a los 33 Orientales)
Entre las sombras y el silencio de la medianoche del 19 de abril de 1825, un grupo de criollos parte desde la costa de San Isidro en dos barcazas rumbo a la costa uruguaya, para liberar a la Banda Oriental de la ocupación luso brasileña. El ejército del Imperio del Brasil se había emplazado en Montevideo. 
Eran 33 criollos jóvenes, al mando de Lavalleja y Oribe. Arriban a la costa uruguaya en La Agraciada, donde juran vencer o morir. Hay un cuadro muy conocido de Blanes, con este histórico juramento, donde aparece también un personaje muy particular, don Juan Rosas, al que me quiero referir.
En La Agraciada los esperaban con caballos y algunos hombres más, fruto del trabajo de los Caballeros Orientales, logia libertadora del Uruguay, y con ese poco avanzan hacia Montevideo, en el camino se van sumando otros gauchos. Cuando llegan a Rincón, ya son cerca de 300, y con ese número enfrentan al ejército imperial de 700 soldados. Logran derrotarlo. Un poco mas tarde, el 25 de octubre, se encuentran nuevamente con el invasor, que los dobla en número, en Sarandí, y nuevamente lo derrotan. 
Entre medio de ambas batallas, el 25 de agosto de 1825 en el Congreso de La Florida, declaran formalmente la independencia de la Provincia Oriental del imperio del Brasil, y su unión a las Provincias Unidas del Rio de la Plata “a donde siempre perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce” (Declaración de Florida). 
El Congreso argentino reconoce la reincorporación a las Provincias Unidas, por ley del 24 de octubre de 1825, y en respuesta a eso el imperio del Brasil declara la guerra y bloquea el puerto de Buenos Aires.
 Así las cosas, después de históricas batallas (Ituzaingó) y memorables traiciones (acuerdo “deshonroso” Manuel García - Rivadavia), se reúne la Convención Preliminar de Paz, en 1828, donde se firma la paz y se declara la independencia absoluta del Uruguay.
 Pero hay un detalle: En este acto fundante, no hay presencia de ningún patriota uruguayo, solo están “las partes en conflicto”, es decir Brasil y las Provincias Unidas del Rio de la Plata. Y (¡ay!), el Reino Unido de la Gran Bretaña, como mediador.  Oriental, ninguno.
El lugar donde se realiza la Convención es Rio de Janeiro, corazón del imperio.
 El Uruguay queda constituido como nación “libre e independiente” en un acto fuera de su territorio y sin ninguna representación oriental. 
Sorpresas tiene la vida, dice Blades en Pedro Navaja.
Aun así, dos sorpresas consecuentes: Uruguay festeja su Independencia el 25 de agosto, fecha del congreso de La Florida donde no se decidió tal Independencia como nación, sino, desde la soberanía territorial oriental, la incorporación a las Provincias Unidas, (“a donde siempre perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce”); y Artigas, figura clave del federalismo, que luchó toda su vida por la unión de la Banda Oriental a la Confederación, tiene su estatua en la Plaza Independencia, de Montevideo. 
El poder escribe la historia, pero los cuerpos (y los pueblos) no olvidan.
Más de setenta años después, en 1902, el gobierno uruguayo decide otorgar una compensación económica a los héroes de las luchas por la liberación, muchos de los cuales estaban en la indigencia. Se supo entonces que, de aquellos Treinta y Tres, uno quedaba vivo. Se llamaba Juan Rosas, le decían el gaucho Rubio Negro y vivía en Cerro Largo, en el campo, distante de la capital. De él había dicho su enemigo Fructuoso Rivera: “Rubio o Negro, vivo o muerto, tengo que agarrarlo”. Era hijo de José Pedro Rosas, baquiano de Artigas, y había seguido, con Oribe, el oficio de su padre. 
A pesar de que se lo convocaba, el hombre no venía a cobrar lo suyo, por lo tanto, el Senado decidió enviar una comisión hasta su propia casa. 
Y allí fueron los hombres de frac y galera, pero para su sorpresa cuando estaban llegando fueron recibidos a balazos por don Rosas. 
¿Para su sorpresa?
Si, para su sorpresa, porque ellos, los senadores, ya no registraban en su alma las contradicciones de la historia, Pero Juan Rosas sí.
Hubo que disponer de la mediación de un buen vecino para que la comitiva pueda apearse en el patio de la casa de Rosas, y conversar. Pero primero habrán tenido que escuchar las razones del Rubio Negro: ¿Acaso ellos eran los representantes de la verdadera Independencia? ¿Acaso el Juramento de La Agraciada había sido para esto? ¿Entendían ellos lo que significaba jurar, ante la Cruz, vencer o morir? ¿Y ahora, encima, querían darle dinero? ¿Es que así se compran las almas y los espíritus libres en las naciones modernas? 
Los senadores escuchaban con esfuerzo: 
Un hombre de cien años, que no podía entender qué demonios tenía que ver el dinero con el alma, les estaba haciendo temblar los huesos. Humillados y comprendiendo el fracaso de su misión, se pusieron los sombreros, subieron a sus carruajes y se fueron. Y ahí quedó don Juan Rosas, solo con su alma y su orgullo, su tristeza y su desconcierto. Y su entereza.
Y su hermanamiento histórico con tantos compatriotas de esta patria inmensa americana, “plena de desdicha y de belleza” (cito ahora a García Márquez cuando recibió el Nobel de Literatura), tierra “de hombres alucinados y de mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda”, en su empeño descomunal por desatar el nudo de nuestra soledad…