Del 27 al 31 de agosto, en la Escuela Agroecológica Tutalyu, en La Libertad, El Salvador, jóvenes de México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Panamá y Costa Rica se reunieron en el Campamento Mesoamericano de Jóvenes Monseñor Óscar Arnulfo Romero. También hubo representación de la Articulación de Jóvenes de Sur América y El Caribe. De ahí salió una declaración sin vueltas: la tierra no se vende, se defiende.
El documento apunta contra lo que llaman la voracidad del modelo capitalista, patriarcal y colonial. Megaproyectos mineros, hidroeléctricos, monocultivos y agronegocios que desplazan comunidades en Guatemala, Panamá y El Salvador. La misma lógica que captura el sistema alimentario con transgénicos y agrotóxicos, privatiza las semillas criollas y atenta contra la biodiversidad. Un modelo que expulsa a la juventud rural de sus parcelas y la empuja a migrar, a enfrentar xenofobia y violencia fronteriza.
La represión tiene nombres y prácticas concretas. En Honduras denuncian criminalización, persecución y asesinatos de campesinos por defender la tierra. Condenan los desalojos forzados que dejan a familias sin sustento ni hogar. También el uso del aparato judicial para encarcelar y asesinar liderazgos juveniles y comunitarios en toda Mesoamérica.
Frente a ese panorama, la agroecología aparece como herramienta política, técnica y ancestral. Producir alimentos sanos, enfriar el planeta, cuidar las semillas nativas como patrimonio de los pueblos. Piden reforma agraria integral y popular para que la juventud campesina pueda habitar, cultivar y quedarse en su territorio. Y condenan la injerencia de gobiernos imperialistas: el bloqueo a Cuba y la intervención de Estados Unidos en Venezuela, con el objetivo declarado de saquear los bienes naturales del continente.
La juventud campesina no pide permiso. Se organiza, se forma políticamente, asume el feminismo campesino y popular. Sigue sembrando resistencia y cosechando dignidad.
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