En las últimas semanas, las redes sociales se han convertido en un campo de batalla donde la indignación fluye con la misma velocidad con la que se fabrica. Videos recortados, titulares sacados de contexto y comentarios aislados de personajes anónimos se elevan al rango de "campaña internacional" contra la Argentina. La máquina del enojo funciona a toda marcha: se comparte, se escandaliza, se exige represalia. Pero detrás de esta performance de patriotismo herido, hay una verdad incómoda que pocos quieren nombrar: el odio antiargentina, en la escala que se pretende vender, es ante todo una ficción. Y lo más preocupante no es esa supuesta hostilidad del mundo, sino lo que revelan nuestras reacciones ante ella.
El nacionalismo futbolero —ese que estalla cada cuatro años y luego se diluye en la rutina— ha vuelto a ocupar el centro de la escena pública. De pronto, somos una nación unida contra el insulto externo, una comunidad hermética que se reconoce en la víctima. Pero esta identidad efímera, alimentada por algoritmos que premian la polarización, funciona como un espejo roto: refleja una imagen distorsionada de unidad mientras oculta las fracturas reales. Porque si de verdad nos importara el destino colectivo, la energía que hoy se canaliza en responderle a un periodista español o a un tuitero xenófobo debería dirigirse hacia adentro, hacia los verdaderos enemigos del pueblo.
Hablemos de Joe Lewis, el magnate británico que mantiene cerrado el Lago Escondido para su uso exclusivo, una porción de la Patagonia argentina convertida en feudo privado. Hablemos de la tierra robada, del agua secuestrada, de la soberanía territorial que se negocia en escrituras mientras el Estado mira para otro lado. Ese es un insulto concreto, material, que no requiere traducción ni contexto internacional. Es el capitalismo en su expresión más cruda: un extranjero que compra lo que no debería venderse y cierra el paso a quienes habitan esos territorios desde antes de que exista cualquier bandera. Pero no hay hashtags masivos contra Lewis. No hay indignación viral. Su nombre no tiende en las redes porque el algoritmo no premia la denuncia estructural; premia el chisme geopolítico.
Y mientras tanto, el racismo opera a plena luz del día en las calles argentinas. Lo vemos en el trato diferenciado hacia los migrantes, en la violencia institucional contra los pueblos originarios, en la naturalización de ciertos cuerpos como descartables. Lo vemos en la desigualdad que mata: no con balas de odio extranjero, sino con la indiferencia de un sistema que organiza la vida según el color de la piel y el tamaño de la billetera. El nacionalismo que se enciende contra un supuesto desprecio global resulta cómodamente selectivo: defiende una bandera abstracta mientras tolera —o promueve— el racismo concreto en el barrio, en la comisaría, en la empresa.
Aquí llegamos al corazón de la contradicción. Tenemos un gobierno que se autopercibe como patriota, que habla de soberanía con la misma naturalidad con la que destruye la capacidad productiva nacional. Fábricas que cierran, pymes asfixiadas por una política económica que privilegia la especulación financiera sobre el trabajo, científicos e investigadores expulsados del sistema, educación y salud pública desmanteladas pieza por pieza. No hace falta una invasión extranjera para anular la independencia de un país: basta con un ejecutivo antipatriota que entrega los recursos estratégicos, que privatiza lo que era de todos, que convierte la deuda externa en excusa para el ajuste interno. El enemigo no está en Madrid ni en Miami; está en la Casa Rosada y en los ministerios que firman decretos de demolición.
La ficción del odio externo cumple una función precisa: distrae. Cada vez que la opinión pública se consume en responder a una supuesta ofensa internacional, se desvía la atención de las ofensas domésticas. Es un mecanismo viejo como el poder mismo: inventar un adversario exterior para sellar filas en el interior, aunque esas filas estén formadas por ciudadanos empobrecidos, desorientados y cada vez más atomizados. El espejo roto del nacionalismo futbolero nos muestra una imagen de valentía colectiva que no resiste el menor contacto con la realidad. Porque la verdadera valentía no es responderle a un extranjero que nos insulta; es enfrentar al poder local que nos expolia.
El desafío, entonces, no es salir a defender el honor argentino en los comentarios de Instagram. El desafío es reconstruir un patriotismo que no sea ni performance ni distracción: uno que empiece por exigir la apertura del Lago Escondido, por denunciar el racismo institucional, por resistir el ajuste que mata la producción nacional. Un patriotismo que entienda que no hay soberanía posible mientras unos pocos acumulen tierras, riquezas y derechos, y el resto luche por llegar a fin de mes. El mundo no nos odia tanto como creemos. O si lo hace, eso es lo de menos. Lo urgente es dejar de mirarnos en el espejo roto y empezar a ver el desastre real que tenemos adentro. Porque un país que no puede defender su agua, su industria y su gente de sus propios gobernantes, difícilmente tenga algo que celebrar en una cancha.