Jenny Farrell nació y creció en la RDA. Cuando le preguntan por esa vida, escribe. Y lo que aparece en su relato no es la caricatura del "estado Stasi" que el cine occidental repite hasta el cansancio, sino una sociedad que garantizaba vivienda, trabajo, salud y educación gratuitas, con alquileres que no superaban el 4 o 5 por ciento del ingreso. En 1989, ese gasto era del 2,4 por ciento. Tres millones y medio de pisos construidos, renovados o modernizados en cuatro décadas. La RDA mantuvo los costos de vida al mínimo durante toda su existencia, en circunstancias adversas, y según Farrell las personas siempre fueron la prioridad: calefacción, electricidad, transporte y alimentos básicos no preocupaban a nadie.
La emancipación femenina fue un eje central del proyecto. La píldora se producía y distribuía gratis desde 1965; en 1972 la RDA legalizó el aborto en las primeras doce semanas, mientras la RFA lo mantuvo como delito penal hasta 1974. El empleo de las trabajadoras trepó del 61,2 por ciento en 1955 al 91,2 por ciento en 1989. Operando grúas, conduciendo ómnibus, en siderúrgicas y minas. En Occidente, esas tareas eran casi exclusivamente masculinas. La igualdad era un hecho, no una exigencia, aunque el patriarcado persistiera.
El desmantelamiento posterior tuvo números precisos. La unión monetaria de julio de 1990 fijó una paridad de 1 a 1 cuando los economistas calculaban la real en 1 a 4,43. El PIB cayó un 42 por ciento. La Treuhandanstalt privatizó o liquidó unas 8.000 empresas entre 1990 y 1994: tres millones de empleos perdidos, dos tercios vendidos a veces por un marco simbólico. Las más golpeadas fueron ellas: casi tres de cada cuatro desempleadas de larga duración en el este son mujeres.
Hoy, la AfD cabalga motos Simson y entona el himno de la RDA en sus mítines. La nostalgia convertida en mercancía electoral por quien denuncia ese país como "estado injusto". Farrell no lo dice, pero la escena lo dice por ella: cuando una memoria es arrancada de su suelo, cualquier mano puede recogerla.