Frente a un capitalismo que ya no oculta su vocación genocida, los pueblos del Sur Global tejen redes de supervivencia, ciencia soberana y espiritualidad política para rescatar lo humano del naufragio.
Junio de 2026 no ha sido un mes más en el calendario de la desposesión; ha sido el momento en que la rabia organizada ha comenzado a devorar los márgenes para situarse en el centro de la escena histórica. El diagnóstico que emana de las crónicas de este mensuario de @SinRegistro.ar es el de una crisis civilizatoria donde el capital, en su fase más abyecta, ha decidido que la vida es un excedente innecesario si no tributa a la acumulación infinita. Ya no enfrentamos solo un modelo económico, sino una maquinaria de "muerte planificada" que opera mediante el extractivismo digital, el despojo territorial y el vaciamiento de la subjetividad. Sin embargo, como nos enseña la teoría de la inversión de la praxis, allí donde el poder impone el silencio, la experiencia colectiva parió gritos que hoy resuenan desde las cumbres de los Andes hasta las periferias urbanas de nuestras naciones.
El epicentro de esta ebullición se localiza en el Estado Plurinacional de Bolivia, donde el pueblo ha cumplido más de 33 días de rebelión ininterrumpida contra el régimen de Rodrigo Paz. Lo que el gobierno intenta presentar como "narcoterrorismo" es, en realidad, una sublevación de bases que ya no responden a las cúpulas sindicales tradicionales. Con más de 90 puntos de bloqueo en cinco departamentos, comunidades indígenas, mineros y campesinos han cercado la capital para exigir la renuncia de un mandatario cuyo lema de "Capitalismo para Todos" solo ha traído hambre y desabastecimiento de combustible. La respuesta estatal ha sido la "bazuca y la bala", permitiendo que grupos paramilitares como la Unión Juvenil Cruceñista actúen bajo el amparo de fuerzas combinadas para masacrar manifestantes en zonas como San Julián. Pero la resistencia tiene rostro de mujeres con pollera: las Bartolinas Sisa han denunciado que el gobierno intenta comprar conciencias mientras pisotea los símbolos de mando originarios, reafirmando que no habrá tregua hasta que se respete la soberanía sobre el litio y la tierra.
En Argentina, la crueldad institucionalizada ha dado un salto cualitativo con la reglamentación de la reforma laboral contenida en la Ley Bases. Este avance sobre derechos históricos no es un ajuste técnico; es una declaración de guerra contra la clase trabajadora que busca aniquilar la negociación colectiva y facilitar el despido sin causa. Paralelamente, el régimen de Javier Milei ejecuta un "cientificidio" sin precedentes: la toma de la sede central de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) por sus propios trabajadores es el grito de auxilio de un sector que ve cómo se desmantela el desarrollo atómico nacional para su futura privatización. El vaciamiento del INTI, el CONICET y el INTA —frenado parcialmente por fallos judiciales— busca convertir al país en una colonia exportadora de materias primas sin valor agregado, expulsando a miles de profesionales hacia un nuevo exilio.
Frente a esta "necromáquina", la respuesta popular en Argentina ha tomado formas diversas y potentes. La Semana de Ayuno y Oración encabezada por Adolfo Pérez Esquivel y las centrales obreras en Plaza de Mayo no fue un gesto de pasividad, sino una herramienta de "rebeldía de conciencia" para denunciar que el hambre es un crimen. Esa misma Plaza de Mayo fue el destino de la marcha del 3 de junio (3J), donde el grito de Ni Una Menos cumplió once años denunciando que el negacionismo oficial del gobierno es el combustible de los femicidios. El documento del 3J vinculó magistralmente la violencia machista con el saqueo del FMI, afirmando que nuestras vidas no pueden ser "desechables".
La ofensiva extractivista también encuentra muros de dignidad en los territorios. En Chubut, la memoria de la gesta de Gastre —a 30 años de frenar el basurero nuclear— actúa como un escudo ante los nuevos cateos de uranio que amenazan la meseta. En San Juan, organizaciones ambientalistas han acudido a la justicia para frenar el megaproyecto minero Vicuña, que pretende destruir un glaciar protegido bajo el amparo del cuestionado "Súper RIGI". Por su parte, la comunidad Diaguita de Las Pailas en Salta logró, mediante la movilización constante, que la justicia diera marcha atrás con un desalojo ilegal que pretendía entregar tierras ancestrales a terratenientes locales. Estas luchas confirman la tesis de la filósofa Katya Colmenares: el "Yo imperial" necesita la muerte del otre para afirmarse, pero la vida es, esencialmente, comunidad.
En el plano regional, Brasil muestra que es posible arrancar conquistas al capital incluso en contextos de crisis. El movimiento obrero y el colectivo "Vida Além do Trabalho" forzaron el debate para poner fin a la escala laboral de 6x1, denunciando una jornada infinita que destruye la salud mental. El MST, fiel a su tradición de lucha, lanzó su propia Inteligencia Artificial Campesina (IARA) para fortalecer la agroecología, demostrando que la tecnología en manos populares es una herramienta de liberación y no de vigilancia. Asimismo, la siembra de 43 millones de árboles por parte del movimiento es la respuesta material al "desierto verde" del agronegocio.
La soberanía de las naciones sitiadas también registra hitos de resistencia. Cuba, enfrentada a un bloqueo energético genocida que Washington intenta presentar como "intoxicación mediática", ha respondido con ciencia y cultura. La inauguración de nuevas unidades de oncología y el desarrollo de la vacuna HEBERSaVax contra tumores sólidos son bofetadas de dignidad frente a un imperio que sanciona incluso al presidente Díaz-Canel. La solidaridad internacionalista se manifestó en el III Encuentro de Medios Alternativos en Cartagena, donde 1.200 voces populares debatieron cómo romper el cerco informativo de la "fábrica de ovejas" hegemónica que busca que los de abajo se odien entre sí y dedicados a moldear cabezas para que el pobre se sienta culpable de su propia miseria.
Sin embargo, el panorama internacional sigue preñado de amenazas. Las elecciones en Perú y Colombia muestran democracias secuestradas por el Lawfare y el fraude fujimorista, mientras en Ecuador el gobierno de Noboa abre las puertas a tropas extranjeras con inmunidad total, hipotecando la soberanía territorial. El régimen de excepción en El Salvador, con más de 500 muertes bajo custodia, y el uso del Mundial 2026 como vitrina del autoritarismo trampista en Estados Unidos, revelan que el capitalismo no tiene fronteras para la opresión.
Este mensuario de @SinRegistro.ar es, por tanto, mucho más que un registro de noticias; es una herramienta para entender que la realidad no se presenta en puntos aislados, sino en procesos colectivos. Como señaló Gilmar Mauro, la lógica destructiva del capital ya no se frena con apelaciones morales: o construimos organizaciones ofensivas y una revolución política y social, o la humanidad corre riesgo de existencia.
Junio de 2026 nos deja el legado de Bea Lumpkin, la activista de 108 años que militó hasta su último suspiro, y de Edgar Morin, quien a sus 104 años seguía denunciando el genocidio en Gaza. Sus vidas nos enseñan que la esperanza no es una espera pasiva, sino una construcción material realizada con manos callosas y conciencia despierta. La tarea de este mes ha sido confirmar que el futuro se inventa en las grietas del despojo. Solo la unidad de les oprimides y la firmeza en la defensa de nuestra soberanía —desde el río Paraná que no se llama hidrovía hasta la wawa ancestral recuperada en el cerro Chañi— podrán parir el horizonte de libertad que nuestra América reclama. La lucha sigue, y este prólogo es apenas el comienzo de un nuevo capítulo de nuestra propia emancipación.
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