La soberanía no puede ser un concepto rígido, inalterable a través de los años. No será la misma soberanía que defendía San Martin en 1820 la que defendamos nosotros en 2026, sin ser menos o más patriotas que él. Ese será nuestro trabajo, encontrar esa línea. Porque la soberanía es siempre una relación, y la relación del país en el mundo cambia: siempre es una ecuación entre los desarrollos tecnológicos, los avances sociales, las construcciones de poder, las múltiples mutaciones, y quien sabe cuántas cosas más.
La soberanía como concepto es un engaño, que en tanto rígido y estable, queda paralizado y por lo tanto insuficiente para dar respuestas frente al movimiento de la historia y de la vida.
Es que la línea de soberanía es dinámica, como la línea de flotación de un barco, que depende del peso del barco, de su estructura, y del medio en que se encuentre, ya que el agua dulce o salada aumentará o disminuirá la altura de la línea de flotación.
¿Por donde pasa la línea de la defensa de la Nación hoy, en este nivel estructural del país y en este (des) concierto del mundo? ¿Qué debería hacer una política que realmente defendiera los destinos del país y su gente, como si fuera la casa propia, la de todxs, cosa que realmente lo es?
Si todo lo que nos está pasando, es para que por fin entendamos que no sirven los “salvadores”, por lo menos, solos. ¿No debería convocarse a todo el pueblo argentino a debatir semejante cuestión fundamental? ¿No deberían agotarse todas las instancias de expresión? Todo un pueblo, toda la sociedad, convocada a hablar, a pensar, a filosofar, pero no banalidades seudo científicas -y nunca con filósofos profesionales tan afectos a ellas- sino con la “filosofía a martillazos”, la que surge de la fragua de la vida, la que obliga a preguntarse y responderse ante la pura necesidad, sin atajos ni fantasmas creados por los que detentan el poder.
¿No sería esa una tarea pendiente, fundamental?
Un pueblo construyendo su propio proyecto nacional desde lo más sencillo a lo más complejo, con la mayor participación posible, de la sociedad entera y de sus instituciones incluyendo por supuesto a la Universidad pública, al campo del trabajo y de la economía social, pero también a las cámaras empresariales y sectoriales y….
Se dirá: pero esto hoy es imposible, y estoy de acuerdo. Pero hay cosas esenciales que tienen que “estar ahí”, no necesariamente para realizarse, sino quedar ahí, en la conciencia de un pueblo y de sus verdaderos dirigentes, siempre. Y esta es una de ellas. No para realizarse, necesariamente. Sino para orientar. Si esa esencia queda ahí, se sabe, se comprende, que no habrá salidas individuales y copiadas, soluciones importadas, de dirigentes esclarecidos, y que la única salida es la voluntad de todo un pueblo, sintetizada, más o menos institucionalizada, o como sea.
Y si esta cuestión está ahí, como posibilidad, como norte en la conciencia, siempre habrá posibilidades de creación, de invención, de nuevas estructuras, de nuevos espacios, más certeros, de mayor expresión, de menor individualidad, con menor lugar para manipulaciones interesadas del inevitable poder (que siempre está creando oportunos enemigos para la acumulación propia de poder).
La comunidad ideal no existe ni nunca existió, a no ser que aceptemos que la comunidad ideal es aquella no necesariamente perfecta, sino la que no cesa en su intento incansable de crear espacios de expresión, pequeños, más grandes, como sea, pero amplios, libres, cada vez más democráticos, imperfectos, en el verdadero sentido de la palabra.
¿Qué impide que ocurra eso? Como decía Lula en la reciente internacional progresista: construir democracia desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Y es muy posible que eso esté pasando constantemente en muchas pequeñas comunidades del país, fruto del esfuerzo imperceptible de voluntades casi desconocidas, impelidas por la necesidad; y sería una muy buena noticia para difundir, pero claro, no para los medios convencionales de información, ya que lo que menos les interesa es informar al pueblo argentino de novedades que lo estimulen, que lo animen, que le den esperanza, y que lo alegren. Ellos quieren un pueblo desanimado.
Pero nosotrxs necesitamos, como el agua, saberlo, sentirlo y vivirlo, porque de eso depende nuestro ánimo y nuestra conexión más auténtica con la voluntad personal y social, de vivir.