A los 17 años, Jorge Sanjinés encontró en las tardes de domingo de Lima la puerta de entrada a un universo que lo marcaría para siempre. Invitado por Walter Villagómez, un amigo de su padre Genaro, el joven descubrió el neorrealismo italiano con títulos como El ladrón de bicicletas y Roma, ciudad abierta, en 1958. Esa experiencia, según narró el propio cineasta en un homenaje de la Cinemateca Boliviana, le reveló que era posible filmar sin actores famosos, en las calles y en el campo, sembrando la semilla de su vocación.
El camino hasta ese hallazgo estuvo marcado por la adversidad. Sanjinés contó que una grave enfermedad lo postró en Lima, donde un médico sentenció que no pasaría la noche. Contra ese pronóstico, convenció a su padre de mudarse a Arequipa, aprovechando el clima seco. En la capital peruana, mientras acompañaba a Don Genaro en un exilio forzado por haber dado refugio a amigos ultraderechistas, trabajó vendiendo billetes de lotería y como obrero en una fábrica para costear las medicinas paternas.
Fue en ese contexto que conoció la obra de José Carlos Mariátegui, gracias a dos jóvenes versados en literatura revolucionaria que le acercaron los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. Ese libro, confesó Sanjinés, introdujo en su pensamiento el respeto por las culturas originarias, pilar de su filmografía. De regreso en Bolivia, estudió Filosofía y Letras en La Paz y luego viajó a Chile para un curso de cinematografía donde conoció al arquitecto Lisímaco Gutiérrez, con quien ganó un concurso para filmar su primer cortometraje, El Poroto, con música de una entonces poco conocida Violeta Parra. Esa obra se perdió tras el asesinato de Gutiérrez durante la dictadura de Hugo Banzer.
Su paso por una comunidad aymara, donde observó una cultura de colectividad y fraternidad, consolidó su visión. El día de su homenaje, ante un auditorio repleto, el maestro no mencionó premios ni festivales, ni siquiera la Palma de Oro de San Sebastián por La Nación Clandestina. Prefirió volver a aquellos domingos limeños, a la generosidad de un hombre ajeno a su familia, y al instante en que entendió que los condenados de la tierra, como diría Frantz Fanon, también merecen ser protagonistas de sus propias historias.