(★) .- "...salir del individuo, poder ver, oír y sentir desde una dimensión más extensa, más integrada, más atenta a esta inmensa complejidad extendida (y misteriosa) que somos..."
Estoy de paseo en el Bolsón en una cabaña de la casa de Marilú, mi hermana. Esta cabaña tiene un dormitorio en altura, que sobresale como si fuera un alero sobre la copa de los árboles, y domina, desde sus amplias ventanas, toda la cordillera, que aparece adelante y a los costados.
Son las 9 de la mañana, el cielo es plenamente azul, a lo lejos veo nieve en las cumbres, y sombras y luces allá arriba, y adivino misteriosos pasadizos, aunque sé sin embargo que todo lo que veo está distorsionado por la distancia.
Ya soy grande, un viejo, pero recuerdo, o quiero recordar, mi percepción adolescente cuando vi por primera vez estas cosas de la cordillera, el agua azul y cristalina de sus lagos, la noche estrellada en medio del silencio, el misterio de la montaña. En lo vivido por mí en aquellos años había una sensación de “sagrado”, como un “estado de gracia”, inapropiable, que se respiraba, como si, en el entorno, en el hábitat natural de la tierra se produjera una confluencia del abajo y el arriba, el cielo y la tierra, pero no como una elevación hacia un lejano más allá, sino al revés, terrenal, vivido y presente, como una nueva disposición del mundo, en el “más acá”.
Y uno andaba por las senditas de la montaña, esquivando ramas, cortezas, piedras, pequeños cursitos de agua, por caminos inciertos, hacia cumbres misteriosas y por eso tan seductoras. El alma se llenaba de belleza y por lo tanto de alegría, porque era imposible concebirse separado de todo eso, aunque al mismo tiempo se sabía y se percibía la tensión del inminente regreso, el final de las vacaciones, la vuelta a la consabida separación, al conocido mundo del ruido, de las obligaciones, del trabajo, del estudio y del reloj.
Y ahora a través de las ventanas está pasando bajo ese inmenso cielo azul, un pato de todos colores que deja sus graznidos como puntos suspensivos en este universo, y al costado la luna que aún no se ha ido. El cuadro de la belleza.
Y pienso en “La estética de la naturaleza”, de Dussell, que, forzando a Darwin, se refiere a “la belleza como medio privilegiado de la evolución”. Las plantas y los animales se atraen, se encantan por medio de los colores, las formas, los sonidos; de manera que, al menos en la naturaleza, las confluencias que conciben la vida, que producen la vida, ocurren en medio de la belleza. Puedo darme cuenta de que también, más allá del encanto particular de un pájaro, la luna, o una flor, lo bello se manifiesta en una integralidad, en un conjunto; todo este cuadro vivo que tengo ante mí, todo este universo que así se me presenta.
Y me pregunto si tengo la capacidad para percibirlo enteramente, si tengo algún órgano en mi cuerpo que me asista para ver el todo, sentir ese todo, poder mirarme en esa extensión y hacerme espejo de ese universo. Y me digo que ese órgano tampoco puede ser una parte, sino todo mi cuerpo, que incluye mi pensamiento, mi espíritu, y mi tiempo, todo eso que ha sido mi historia, mis vivencias, todo eso que llevo en la piel. Y aquí es donde me doy cuenta que (quizás), esa vía insospechada -la seducción por la belleza y la gran confluencia- me lleve a la ansiada “salida del individuo”, de la individualidad, proceso cuya realización veo necesaria como condición para percibir con mayor intensidad y acierto la realidad actual.
Sin abandonarlo, salir del individuo, poder ver, oír y sentir desde una dimensión más extensa, más integrada, más atenta a esta inmensa complejidad extendida (y misteriosa) que somos; más allá de la banal y recortada descripción del mundo que nos hace el yo, como toda explicación del ser.
Inmensidad olvidada, descartada, en un tiempo representado por la producción y el consumo, cuya imagen es mi espejo diario, y en él me configuro; un tiempo que nos sumerge en ese proceso de recorte, de fragmentación, inmediato, que todo lo transforma en una cuestión posible de apropiación, de realización productiva, cuantificable, y finalmente en una transacción homologada en dinero.
Y entonces pienso que el remedio para mis obsesiones, angustias, tristezas, depresiones, y también para mis alegrías y realizaciones, es posible que pase por esta percepción sensible de la extensión, de la pluralidad, de la inmensidad, que (también) habita desde siempre nuestra individualidad y los cuerpos.
La inmensidad que me habita exige especial atención para envolverme en su presencia.
¿Cómo decía Marechal? “Sentimos deseos de inmensidad, y el alma lo sabe”.
Asomarme a un devenir que no provendría de la ideología, ni del pensamiento abstracto, ni de las rígidas conceptualizaciones culturales, o de las categorías que se presentan como metas a alcanzar, a realizar, sino como consecuencia del mismo devenir, del mismo impulso que le ocurre a las plantas y los pájaros, cuyos sentidos se encuentran abiertos a toda la circunferencia, como sus ojos, porque lo único que se desea, por sobre todos los deseos, es vivir.
(Y una vez llegado a este punto, mientras escribo frente a este paisaje, ante todo este cuadro, me pregunto a qué confluencia, a qué “bodas” me está invitando esta belleza, “como medio privilegiado de la evolución”, para que, desde mí, y para adelante, se produzca qué, y quizás, desde un posible nosotros, se conciba qué…).
FIN