Las mujeres del Movimiento Sin Tierra (MST) protagonizan dos ocupaciones estratégicas que desnudan las contradicciones del modelo agrícola brasileño. En Goiás, quinientas campesinas tomaron la Usina CBB, donde el Ministerio Público del Trabajo rescató a 108 trabajadores en condiciones análogas a la esclavitud apenas seis meses atrás. La empresa, condenada por prácticas laborales degradantes, acumula una deuda millonaria con la Unión que justificaría su desapropiación para reforma agraria.
Las sem terra denuncian que, pese al rescate documentado en septiembre y los compromisos firmados por la compañía, la estructura de explotación persiste. La usina pagó apenas 100 mil reales por daños morales colectivos y liquidó indemnizaciones individuales equivalentes a dos salarios mínimos por trabajador resgatado. Las mujeres exigen que el Estado avance con la desapropiación definitiva del área, incorporándola efectivamente a la política de reforma agraria para dar solución a las familias acampadas.
En paralelo, en Rio Grande do Sul, otra ocupación feminista toma la sede de la Fepagro en São Gabriel, territorio emblemático de la lucha por la tierra. La acción presiona al gobierno por avances concretos en la reforma agraria y el reasentamiento de familias afectadas por las recientes inundaciones que devastaron la región. Ambas movilizaciones integran la Jornada Nacional de Luchas del 8 de marzo, demostrando cómo la resistencia de las mujeres campesinas confronta simultáneamente la explotación laboral del agronegocio y la inacción estatal frente a la emergencia habitacional.
Estas ocupaciones revelan la doble cara del capitalismo agrario: por un lado, empresas que operan con trabajo esclavo moderno; por otro, un Estado que no cumple su función social redistributiva. Las mujeres del MST, al frente de estas luchas, no solo denuncian la violencia del modelo sino que construyen alternativas desde la organización colectiva y la defensa irrestricta de la tierra como bien común. Su persistencia cuestiona radicalmente un sistema que prioriza el lucro privado sobre la dignidad humana y la soberanía alimentaria.