El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, anunció un paquete de reformas que incluye la modificación de la Ley de Tierras Rurales para eliminar los límites a la compra por parte de capitales extranjeros. La medida, presentada como parte de una agenda de apertura económica, busca atraer inversiones en sectores como petróleo, minería y agroindustria. "Los empresarios más importantes del mundo miran a Argentina como una oportunidad histórica", afirmó Adorni con entusiasmo neoliberal.
La iniciativa reabre un debate profundo sobre soberanía nacional y modelo de desarrollo. Especialistas advierten que eliminar totalmente las restricciones implica riesgos estructurales: pérdida de control sobre recursos estratégicos, tensiones sociales y ambientales, y mayor vulnerabilidad frente a intereses externos. La experiencia internacional muestra que países que flexibilizaron sin regulaciones fuertes enfrentaron graves conflictos territoriales.
El paquete incluye otras reformas polémicas: limitar expropiaciones a casos "estrictamente excepcionales", agilizar desalojos con procesos sumarísimos de menos de cinco días, y revisar pensiones por discapacidad endureciendo requisitos. Adorni justificó las medidas criticando la "inseguridad jurídica" que, según él, dificultó inversiones durante décadas.
La reforma de tierras representa una apuesta ideológica clara: priorizar la llegada de capital global sobre la protección del territorio nacional. El discurso oficial celebra que grandes extensiones puedan quedar en manos extranjeras para proyectos extractivos, ignorando advertencias sobre concentración de la propiedad y dependencia económica.
Este movimiento ocurre en un contexto donde el gobierno también anuncia el envío de 60 pliegos de jueces al Senado y la concesión por 30 años del complejo de Chapadmalal. La combinación de estas políticas configura un modelo de desregulación acelerada que beneficia al capital concentrado, nacional y extranjero, en detrimento de la soberanía popular sobre los bienes comunes.