La Antártida vive una contradicción que desconcierta incluso a la ciencia más experimentada. Por un lado, desde 2020 la superficie de hielo marino ha aumentado gracias a nevadas excepcionalmente intensas. Por el otro, los glaciares retroceden y el calor oceánico profundo avanza sigilosamente hacia el continente, poniendo en jaque la estabilidad de las plataformas que contienen el hielo terrestre.
Un estudio publicado en Communications Earth and Environment, liderado por la Universidad de Cambridge, revela la primera evidencia observacional de que las aguas profundas cálidas —conocidas como "agua profunda circumpolar"— se están expandiendo y desplazando hacia la plataforma continental antártica. Los investigadores combinaron décadas de mediciones de barcos con datos de boyas robóticas del programa Argo, y mediante inteligencia artificial lograron construir un mapa mensual de cambios desde 2004. El resultado es alarmante: el agua cálida avanza en promedio un kilómetro por año hacia el polo, acumulándose a profundidades de hasta 2.000 metros.
"Es como si alguien hubiera abierto el grifo del agua caliente", describió Sarah Purkey, oceanógrafa de la Institución Scripps. Esta agua puede filtrarse por debajo de las plataformas de hielo, derritiéndolas desde su base. Las plataformas cumplen una función de contención sobre los glaciares del interior, que retienen suficiente agua dulce como para elevar el nivel del mar en 58 metros si se derritieran por completo.
La paradoja superficial —más hielo marino por nevadas récord— contrasta con lo que ocurre en las profundidades. El Océano Austral, regulador clave del clima global, está viendo alterada su circulación. La formación de aguas profundas frías, que absorben calor y carbono y los hunden, estaría disminuyendo. Los vientos del sur empujan las masas cálidas hacia el polo, y el sistema que antes protegía el hielo antártico se está desmoronando.
"No es un escenario futuro de los modelos", advirtió Joshua Lanham, autor principal del estudio. "Está sucediendo ahora". La paradoja del hielo que crece arriba mientras se derrite abajo no es un consuelo: es la señal de que el sistema climático global está cambiando más rápido de lo que imaginábamos, y que las consecuencias —desde el aumento del nivel del mar hasta la alteración de las corrientes que regulan el calor del planeta— ya no son una predicción, sino una realidad en movimiento.