LA INERCIA DEL LOTE 
Cuentos

LA INERCIA DEL LOTE 

(★) .- Un breve cuento político.

El sol golpeaba la nuca de Mateo. No era solo el calor: era ese ruido de la cancha, ese griterío que a veces empuja y otras te deja medio vacío. La pelota cruzó la línea y todos saltaron, como si de verdad cambiara algo. Mateo apretó la bandera que tenía desde hacía años —ya ni recordaba cuándo la había comprado— y la sintió áspera, casi dura, de tanto uso.
Ganaron. O eso decían. Para él fue más bien como tomar agua tibia cuando uno tiene sed: calma un poco, pero no alcanza.
Del otro lado del alambrado, en un balcón de mármol demasiado prolijo para ese barrio, había un tipo con binoculares. Mateo lo había visto antes, o al menos le parecía. No gritaba, no festejaba. Miraba. Después bajaba la vista y anotaba cosas en un cuaderno grande, como esos de almacén: números, cuentas, vaya uno a saber qué. Tenía una copa en la mano, pero no tomaba. La sostenía nomás, como por costumbre.
Más lejos, en el lote que estaba pegado a la casa de Mateo, unos tipos empezaban a clavar estacas con golpes secos y precisos. Siempre igual, como si no tuvieran apuro pero tampoco dudas. Vestidos de gris, todos parecidos. Mateo sintió un tirón en el pecho, una cosa incómoda, como cuando te acordás de algo que venías esquivando.
Miró la bandera. Pensó en levantarla otra vez, como hacía siempre. Pero no.
Se acercó al alambrado caminando despacio. Nadie le dijo nada. Los de gris levantaron la vista un segundo y siguieron a lo suyo. Mateo se paró frente a una de las estacas, recién clavada. La tocó. Estaba fría, lisa. Tenía una gotita de sudor o de agua —no supo bien— que le quedó en el dedo.
Ahí dudó.
Después, casi sin pensarlo demasiado, ató la bandera a la estaca. Hizo un nudo medio torcido, el mismo que le enseñó su viejo cuando jugaban a hacer barquitos con papel. Tiró para ajustarlo y dio un paso atrás.
La bandera quedó ahí, flameando apenas. Se veía medio ridícula, la verdad.
—¿Qué hacés? —le dijo uno de los tipos, con el martillo en la mano.
Mateo no contestó. Ni ganas.
El tipo no siguió clavando. Se quedó mirando la bandera como si le resultara conocida. No en serio, pero… algo le hacía ruido.
Mateo lo sostuvo la mirada un instante, y después se dio vuelta. Esta vez no se quedó en la puerta de su casa como otras veces. Entró. Cerró. No fue un portazo, pero tampoco fue suave. Fue… decidido.
Arriba, en el balcón, el hombre dejó los binoculares. Miró la bandera un rato largo. Hizo una mueca rara, como si algo no le cerrara. Anotó otra cosa en el cuaderno, pero esa vez la letra le salió torcida. Cerró los ojos un segundo.
Escuchó el viento, nada más que el viento.
A la mañana siguiente, la bandera no estaba.
Mateo la vio tirada desde la ventana de la cocina, mientras cebaba el primer mate. Ni se acercó. No tenía sentido.
Pero al mediodía, uno de los tipos de gris —el mismo que había preguntado— la levantó. La sacudió un poco, la dobló con cuidado, como si fuera algo frágil, y se la guardó en el bolsillo.
No sabía bien por qué lo hacía.
Y tampoco se lo preguntó demasiado.