Los martes, Marcos llevaba el megáfono rojo con cinta adhesiva en el mango. Hablaba de la tierra como derecho, no como mercancía, y la gente del barrio San José lo aplaudía. Tenía una manera de decir "especulación inmobiliaria" que hacía que la frase sonara a insulto preciso, a diagnóstico quirúrgico. A los cuarenta y dos años, Marcos era el tipo de orador que lograba que una mujer de sesenta dejara de vender empanadas para escucharlo, que convencía a un adolescente de que la política no era solo de viejos aburridos.
Ese martes, sin embargo, terminó la asamblea más temprano de lo habitual. Un vecino le avisó que había visto la camioneta de la inmobiliaria estacionada frente a la cancha de tierra, tomando fotos con dron. Marcos dejó el megáfono en manos de una joven del sindicato y salió corriendo por un atajo entre los galpones. Llegó jadeando. La camioneta ya no estaba, pero en el suelo había un folleto brillante, del papel grueso que usan las constructoras. Lo recogió sin pensar y se lo guardó en la campera.
En casa, esperó a que su mujer se durmiera. Encendió la computadora en el cuarto de los chicos, que esa noche dormían en casa de una tía. El folleto prometía departamentos con "vista panorámica y amenities de primer nivel". Marcos no sabía qué era un amenity, pero las fotos mostraban piletas de borde infinito, cocinas con isla de mármol, ventanales que dejaban entrar luz como si el sol les debiera algo. Scrolleó el sitio web durante cuarenta minutos. No compraría nunca ese departamento. Lo sabía. Pero scrolleó igual, y en algún momento dejó de ser consciente de que estaba buscando el precio.
A la semana siguiente, en la asamblea, una vecina nueva tomó la palabra. Era joven, recién mudada al barrio, y hablaba con una rabia que Marcos reconocía de hacía quince años, cuando él también era nuevo en esto y creía que la indignación bastaba. La chica denunció a un dirigente del sindicato —no a Marcos, a otro— que había sido visto entrando a un country con campos de golf. "¿Cómo vamos a luchar contra la especulación si nuestros propios líderes quieren ser los especuladores?", preguntó, y la pregunta quedó flotando en el aire del galpón como un cable pelado.
Marcos sintió que todos lo miraban. Nadie lo miraba, en realidad, pero él sintió que sí. Esa noche, en lugar de volver a casa, fue a un bar que frecuentaba solo los viernes, cuando los compañeros de trabajo lo invitaban. Se sentó solo, pidió una cerveza importada que costaba lo que gastaba en almuerzo tres días seguidos, y sacó el teléfono. Tenía una app de un banco que no usaba para nada cotidiano. Ahí estaban los ahorros de diez años de trabajo en una fábrica de autopartes, los extras de los sábados, la plata que su mujer no sabía que existía porque él mismo no sabía bien para qué la guardaba. La suma no alcanzaba para el departamento del folleto. Alcanzaba, sin embargo, para la entrada de un departamento más chico, en otro barrio, uno donde no había asambleas los martes.
El mes siguiente, la inmobiliaria volvió. Esta vez Marcos los esperó. Les dijo que estaban en terreno comunitario, que no podían fotografiar, que el barrio se organizaba. El tipo de la camioneta, un joven con campera de marca, lo miró sin incomodidad. "Usted es el que mira la página web todos los días", dijo. No era una pregunta. "Lo vemos en las métricas. Entra desde la misma IP desde febrero."
Marcos no supo qué responder. El joven le ofreció un mate de un termo de acero inoxidable. "No es contradictorio", dijo, como si leyera el pensamiento. "Nosotros también queremos vivir bien. La diferencia es que nosotros no mentimos al respecto."
Marcos no tomó el mate. Pero tampoco levantó el megáfono esa tarde. Caminó hasta su casa con el folleto nuevo en el bolsillo, este ya con el precio marcado a mano, con una pregunta garabateada al margen: "¿Cuándo podemos juntarnos?"
Esa noche, su mujer le sirvió la cena en los mismos platos de siempre. Hablaron de los chicos, de la escuela, de si el auto aguantaba otro año. Marcos escuchó su propia voz diciendo que sí, que aguantaba, que no había que gastar de más. La escuchó desde afuera, como si alguien más estuviera usando su cuerpo para mantener en pie una vida que ya no le pertenecía del todo. En el cuarto de los chicos, la computadora seguía con la página del emprendimiento inmobiliario abierta. No la había cerrado. No sabía si era porque se había olvidado o porque no quería.
El martes siguiente llevó el megáfono rojo. Habló de la tierra como derecho, no como mercancía. La mujer de sesenta dejó de vender empanadas para escucharlo. El adolescente asintió. Marcos dijo las palabras correctas en el orden correcto, con el tono correcto, y mientras hablaba sintió que algo se había roto sin hacer ruido, algo que no tenía nombre pero que había sostenido durante años la certeza de que sus dos vidas —la del martes y la del viernes, la del megáfono y la del folleto— podían seguir en paralelo sin tocarse nunca.
Cuando terminó, una compañera le preguntó si estaba bien. Él dijo que era solo cansancio. Guardó el megáfono en la mochila, donde el folleto brillante esperaba junto a los panfletos de la revolución, y salió a la calle. Afuera, la noche del barrio San José olía a asado de los vecinos y a humo de las fábricas lejanas. Marcos respiró hondo, como si fuera la primera vez, o la última, y caminó hacia el bar donde la cerveza importada costaba lo que gastaba en almuerzo tres días seguidos. No porque quisiera ir. Porque necesitaba saber si todavía podía pagarla, si todavía era él quien elegía, si todavía había una diferencia entre la contradicción y la traición que él pudiera reconocer.