Un estudio publicado por Conservación Internacional, con participación de 43 comunidades indígenas en los seis continentes, acaba de ponerle números a lo que ya se sabía en la práctica: los pueblos originarios son quienes mejor cuidan la tierra. La investigación incluyó a 14 comunidades de América Latina y el Caribe —entre ellas el pueblo chavante de Brasil—, 14 de Asia, 6 de América del Norte, y representantes de África, Oceanía y Europa, específicamente de Rusia. Algunos viven en territorios demarcados formalmente por el Estado, otros no, pero todos comparten una misma lógica: una relación con la naturaleza que no pasa por el lucro ni la explotación capitalista.
Renata Pinheiro, directora del programa de Pueblos Indígenas de Conservación Internacional Brasil, explicó que la clave está en la cosmovisión de estos pueblos. "Tienen una relación de pertenencia con el territorio, de espiritualidad, de igualdad entre todos los seres vivos y no vivos, los visibles y los invisibles", señaló. No miran la naturaleza como un insumo o un recurso natural para producir, sino desde el bien vivir, lo colectivo, el compartir. Esa mirada, basada en conocimientos ancestrales y prácticas tradicionales que vienen de hace miles de años, es la que mantiene los bosques en pie.
Pero el estudio también escancara una realidad brutal: el 100% de los indígenas entrevistados ya observaron cambios en el clima y en las condiciones meteorológicas de sus territorios. Sequías y eventos climáticos extremos son los impactos más frecuentes. Los que menos contribuyeron a la crisis ambiental están pagando la cuenta más alta. En Brasil, comunidades del pueblo Anahuá, en Acre, sufrieron una cheia histórica en plena época de seca del río. Los sistemas tradicionales de lectura de la naturaleza —como observar las estrellas o la flora para saber cuándo plantar— ya no funcionan. La inseguridad alimentaria crece, los ríos que servían de transporte están impracticables, y una persona enferma o una mujer en trabajo de parto quedan aisladas.
El 61% de las comunidades señaló que los impactos directos de industrias extractivas como la minería, la explotación de madera, la agricultura comercial y los proyectos de infraestructura son los responsables de esta situación. Para ellas, la conexión entre invasión territorial y crisis climática es clara. Pinheiro destacó que la prioridad es garantizar el territorio como primer derecho, porque sin él no hay posibilidad de sobrevivencia física, social ni cultural. También urge llevar tecnología y conocimiento científico asociado a los saberes tradicionales, fortalecer las organizaciones indígenas y asegurar que los recursos financieros de acuerdos internacionales lleguen realmente a las comunidades. La ciencia ya confirmó lo que la sabiduría ancestral nunca dejó de decir.