A una semana de la jura del gabinete, el silencio y las designaciones marcan el pulso de la gestión sanitaria. No se nombraron viceministros de Salud y el cargo de secretario general recayó en Juan Carlos Gonzales Hidalgo, vinculado por lazos familiares a la dirigencia de Alianza para el Progreso y con investigaciones fiscales en curso, según información pública. El ministro Luis Dyer Fernández, empresario del acero y exjefe de personeros de Fuerza Popular, no ofreció explicaciones sobre esa designación.
Las señales vienen de antes. El plan de gobierno reconocía la fragmentación y el gasto de bolsillo, pero ofrecía paliativos como CLAS o telemedicina, sin tocar los nudos del aseguramiento ni la articulación entre el MINSA y EsSalud. El vocero de salud en el debate electoral, el pediatra José Recoba, suma dudas por su vínculo con empresas de sucedáneos de leche materna. Y el discurso de asunción mencionó la anemia o El Niño, pero no una política nacional de salud.
El propio Dyer declaró que con competencia gana el consumidor, una mirada que choca con la lógica del derecho a la atención. Hasta Phillip Butters, cercano al fujimorismo, calificó el arranque como débil y lleno de improvisaciones. El Ejecutivo pidió facultades legislativas por 120 días sin incluir la salud como materia autónoma, y sin metas verificables. Sin indicadores ni responsables, la promesa de urgencia queda en suspenso y el sector vuelve a quedar al final de la fila.