La figura de Antônio Bispo dos Santos, Nêgo Bispo, emerge con fuerza en Buenos Aires a través de un libro que condensa décadas de lucha y pensamiento propio. La publicación "La tierra da, la tierra quiere", editada por Tinta Limón, llega como un fruto de la confluencia entre la oralidad quilombola y la escritura académica. El autor, que ancestralizó en 2023, dejó un legado que su hija Joana Maria y la investigadora Renata Marquez continúan sembrando en tierras argentinas.
Bispo fue el primero de su familia en salir del quilombo Saco Curtume, en Piauí, con una misión clara: aprender a leer y escribir para regularizar las tierras de su comunidad. Su trayectoria lo llevó a definirse como un traductor de mundos, capaz de transformar la lengua del colonizador en una herramienta de defensa. Su comunidad comprendió que la escuela no lo era todo, y lo retiró para que aprendiera lo que los libros no enseñan: construir casas, cuidar la tierra y relacionarse con la naturaleza.
Para Joana, el quilombo es la reedición de África en Brasil. Los primeros quilombos nacieron en los propios navíos negreros, cuando las personas secuestradas se negaron a aceptar la esclavitud. La memoria quilombola no es una memoria de sometimiento, sino de resistencia y celebración. Son descendientes de reyes y reinas, y esa dignidad se mantiene viva en la organización comunitaria que respeta la tierra, las aguas y las alianzas con los pueblos originarios.
Renata explica que los quilombos contemporáneos se cuentan por miles en Brasil y que, desde la Constitución de 1988, sus habitantes tienen reconocimiento legal. Más de 1,3 millones de personas se autodeclaran quilombolas en el país, con una fuerte presencia en el Nordeste. Pero la investigadora aclara que la lucha no es solo por el territorio físico: es una disputa por un futuro de autonomía y diversidad radical, donde conviven humanos y no humanos.
El concepto central que atraviesa el libro es la cosmofobia, esa enfermedad del tiempo presente que Bispo definió como el miedo profundo al cosmos y a todo aquello que no es humano. Esta fobia justifica el extractivismo, la acumulación y el monocultivo. La sociedad moderna padece esa incapacidad de vivir junto a los otros seres, y por eso destruye vidas sin reparo. Bispo corregía a la academia: no es un concepto, es una palabra germinante, porque las palabras tienen vida y pueden transformar realidades.
La guerra de las denominaciones es otra de las batallas que planteó el líder quilombola. Si el colonizador impone nombres para borrar memorias, la respuesta es tomar esas palabras y debilitarlas. Al desarrollo, Bispo le oponía el envolvimiento, esa capacidad de implicarse con la vida y con la tierra. Su estrategia era clara: agarrar las palabras del enemigo que están fuertes y debilitarlas, mientras se potencian las propias.
El libro no pretende ser importante, sino necesario. Renata sostiene que sirve para enseñar todo aquello que no cabe en el repertorio moderno y para sacudir una herencia destructora, en un momento en que las condiciones de vida están al límite. Las palabras de Bispo circulan ahora en espacios que antes no estaban pensados para ellas, demostrando que la rueda grande puede girar dentro de la rueda pequeña.