Entre 2019 y 2022, el gobierno de Jair Bolsonaro dejó deterioro en 63 indicadores sociales, según el MST. Educación, salud, medio ambiente y asistencia social retrocedieron bajo un programa que naturalizó el racismo, el machismo y la exclusión. Ese conservadurismo no nació con él. La socióloga Jacqueline Moraes Teixeira recuerda que las constituciones brasileñas mantuvieron mecanismos que permitieron a grupos religiosos actuar en salud, educación y asistencia, ocupando espacios del Estado.
La elección de Flávio Bolsonaro profundiza esa fusión entre fe y poder. Prometió decretar que “el Brasil es del Señor Jesucristo”, acusó sin pruebas a la CNBB de desinformar y avivó una polémica sobre la retirada de Nossa Senhora Aparecida como patrona. Ese gesto ataca la pluralidad que sostiene la democracia y habilita la intolerancia contra religiones de matriz africana, pueblos indígenas, mujeres y población LGBTQIA+.
Simone Magalhães, de la coordinación nacional del Coletivo Étnico-Racial del MST, lo dice sin rodeos. “Están en disputa dos proyectos civilizatorios: uno que quiere establecer el proyecto de muerte, que tendrá el poder de decir quién puede morir por la violencia de Estado y por la escasez económica impuesta, y otro que quiere establecer un proyecto de vida y de vida en abundancia.”
Los datos confirman esa fractura. La Cámara aprobó por 317 votos contra 111 el PDL 3/2025, conocido como “PL de la Pedofilia”, que revocó el derecho al aborto legal para niñas y adolescentes víctimas de violación. La Agência Patrícia Galvão identificó 63 iniciativas similares presentadas entre 2020 y julio de 2026; 31 siguen en trámite. La derecha ya ocupa el 48% de las bancas. El Consejo Nacional de Justicia registró 947 feminicidios solo en enero de 2026.
Juliana Brandão, del Fórum Brasileño de Seguridad Pública, lo formula con precisión incómoda: abstenerse de pensar salidas preventivas es consentir la escalada, es dejar la protección en manos de las propias mujeres, porque solo importan al Estado cuando ya registraron una denuncia por violencia sufrida.
El proyecto de muerte tiene dirección de clase y raza.
La utopía redentora no se anuncia: se mide en la obstinación de quienes resisten.