La historia de nuestra América está marcada por el pulso de dos gigantes que entendieron que la libertad no se consigue en soledad. José Carlos Mariátegui y el Che Guevara comprendieron que el internacionalismo constituye una necesidad histórica nacida de las vísceras del sistema. El capitalismo, por su propia naturaleza expansiva, borra las fronteras para sus mercancías. Les trabajadores deben hacer lo mismo para su lucha.
Mariátegui observó en Europa cómo la economía se internacionalizaba incluso antes de que les obreres tomaran conciencia plena de ello. Un rentista en Londres puede ser dueño de los ferrocarriles peruanos sin saberlo. El destino de un maquinista en los Andes está atado al de un inversor británico por un hilo invisible de explotación. El pensador peruano nos advirtió que el capitalismo es imperialista por necesidad. Sus mecanismos de comunicación actúan como un tejido nervioso que conecta las injusticias de un punto a otro del planeta.
El Che Guevara llevó esta idea a la praxis más pura. Para él, ser internacionalista era un deber insoslayable. Denunció al imperialismo como un animal carnicero que se ensaña con los pueblos inermes. El subdesarrollo no es falta de crecimiento, es una distorsión teratológica provocada por la acción imperial que nos convierte en enanos de cabeza enorme y piernas débiles. El Che no veía fronteras en la redención humana. Luchó en el Congo y en Bolivia convencido de que la batalla de un pueblo es la batalla de toda la humanidad contra el gran enemigo: los Estados Unidos.
Hoy, frente al avance de lógicas de exclusión y la prepotencia del régimen Trump, las lecciones de estos pensadores cobran una vigencia que quema. La solidaridad no puede ser un accesorio. Es el anticuerpo necesario contra la ley del valor que modela nuestro destino sin que nos percatemos. Debemos recuperar la soberanía de los vínculos y la organización colectiva. El grito de guerra contra el despojo sigue esperando manos receptivas que empuñen las armas de la conciencia y la unidad regional.