La cineasta palestina Annemarie Jacir presenta "Palestine 36", obra que inaugurará la 23ª edición del Festival de Cine y Derechos Humanos de San Sebastián el próximo 23 de abril. La película se sitúa en 1936, durante la Gran Revuelta Árabe contra el dominio colonial británico en Palestina, un momento histórico que la directora describe como "un momento oscuro de nuestra historia antes de saber que íbamos a vivir uno de los momentos más oscuros que jamás hayamos vivido".
El filme sigue a Yusuf, personaje que transita entre su hogar rural y la vibrante Jerusalén, buscando un futuro más allá de la creciente agitación política. Jacir desarrolla un discurso marcadamente anticolonialista que resulta incontestable y que inevitablemente se extrapola al momento actual. La película pone especial foco en el trato dado a los nativos por parte de los militares durante el Mandato Británico y en los tejemanejes de los grupos sionistas para ganar terreno en la zona.
El festival, organizado por el Área de Derechos Humanos del Ayuntamiento y Donostia Kultura, abordará además otras temáticas urgentes: el papel de las mujeres en las religiones, la emergencia climática en Bangladés con "Black water" del navarro Natxo Leuza, la feminización de la precariedad laboral en la industria textil y la situación de las personas trans en entornos rurales.
"Palestine 36" surge como un milagro cinematográfico al ser el único largometraje filmado en Palestina en los últimos dos años. Con un tono de drama histórico clásico y una épica espiritual modesta visualmente, la obra funciona como carta de amor y homenaje al espíritu de resistencia palestino. Jacir no justifica explícitamente la violencia, pero su retrato del colonialismo empuja al espectador a cuestionar las legitimidades históricas.
En un contexto donde el genocidio en Gaza se transmite en vivo por redes sociales, esta película aporta perspectiva histórica fundamental. Usa los tópicos del cine épico occidental -rebeldes sometidos por imperios- para generar empatía sin manipulación. Humaniza al pueblo palestino con una narrativa accesible, recordando que lo que algunos medios llaman radicalización sería considerado revolución si los protagonistas fueran occidentales. La memoria anticolonial se convierte así en herramienta de comprensión del presente, demostrando que el cine comprometido sigue siendo espacio necesario para desentrañar las complejidades de la opresión sistémica.