Hay algo profundamente político en negarle el color a un pueblo. Karin Cuyul lo sabe y lo denuncia en La vida que vendrá, un documental-ensayo que hurga en los archivos amateurs de los últimos cincuenta años para devolverle la vitalidad a esas imágenes que el relato oficial insiste en mostrar en blanco y negro, como si la alegría de las mayorías fuera obscena. La directora de Historia de mi nombre construye una arqueología emocional que va de la Unidad Popular al estallido social de 2019, pasando por el plebiscito del 88 y la caída de Pinochet. No hay cronología lineal acá: la historia nunca es un camino recto, y Cuyul lo sabe mejor que nadie.
La crítica de OtrosCines señala que el film abusa de la voz en off de la directora, repitiendo ideas sin profundizarlas lo suficiente. Es cierto que a ratos el relato se vuelve didáctico, casi subrayado. Pero lo que no se puede negar es la potencia de ese material de archivo rescatado: filmaciones en 16mm de los 70 que estuvieron escondidas, perdidas, negadas. Imágenes que muestran a un pueblo que soñó, que bailó, que creyó posible un futuro distinto. Frente a eso, la baja resolución de los videos del 2019 golpea como un cachetazo: la calidad de la esperanza también se degrada con el tiempo.
Cuyul viene de una familia de izquierda marcada por la derrota. Su generación heredó el desencanto. Pero la directora no se rinde: busca en esos destellos de alegría popular las pistas para un futuro colectivo. En tiempos donde un delirante como Milei nos conduce a lo peor de la historia con su desquiciado ajuste neoliberal, esta película es un acto de resistencia. Porque negarle el color a los sueños populares es la misma operación que borrar la memoria. Y Cuyul viene a pintarla de vuelta.