El artículo del Partido Comunista de Estados Unidos (CPUSA) firmado por Norman Markowitz no es un mero repaso histórico: es un recordatorio filoso de que el Primero de Mayo nació de la sangre obrera en Chicago, cuando en 1886 lxs trabajadores exigían la jornada de ocho horas y el Estado respondió con la horca. Esa fecha, lejos de ser un feriado comercial, sigue siendo el símbolo global de la resistencia de la clase trabajadora contra el capital.
El texto del CPUSA conecta los puntos entre aquella masacre de Haymarket y las luchas actuales. Señala que, a lo largo de más de un siglo, el Primero de Mayo ha sido el termómetro de la combatividad popular: desde las huelgas masivas de los años treinta hasta las movilizaciones contemporáneas contra el régimen Trump y la ultraderecha. La narrativa del partido subraya que el Día del Trabajador no es un recuerdo museístico, sino una herramienta viva para enfrentar la explotación y el autoritarismo.
Lo interesante del análisis de Markowitz es que no cae en la nostalgia. Reconoce que el movimiento obrero enfrenta hoy desafíos enormes —precarización, ataques a sindicatos, guerra imperialista— pero insiste en que la tradición del Primero de Mayo demuestra que la resistencia colectiva es posible. El artículo invita a no olvidar que cada 1° de mayo se renueva la promesa de que otro mundo, donde las personas y el planeta estén antes que las ganancias, sigue siendo una meta alcanzable. La historia no terminó: se sigue escribiendo en las calles.