Más de 32.880 embarazadas cubanas enfrentan riesgos vitales por el recrudecimiento del bloqueo energético estadounidense. El déficit de combustible paraliza ultrasonidos obstétricos, estudios genéticos y movilización de comisiones médicas, afectando también a 61.830 menores de un año que requieren atención especializada. Esta política de máxima presión del régimen Trump busca desmantelar sistemáticamente el sistema sanitario cubano, priorizando el castigo colectivo sobre la vida humana.
Frente a esta emergencia humanitaria, los movimientos sociales brasileños han iniciado una campaña masiva para comprar y enviar medicamentos a Cuba. La iniciativa representa un acto de desobediencia civil frente al cerco económico, demostrando que la solidaridad popular trasciende fronteras impuestas por el poder imperial. En Colombia, organizaciones progresistas promueven la recolección de medicinas, construyendo puentes de apoyo que desafían el aislamiento forzado.
La ofensiva estadounidense incluye presiones para cerrar las misiones médicas cubanas. Una decena de países caribeños y centroamericanos han reducido contratos ante las amenazas de Washington, que califica este sistema de cooperación sanitaria como "trabajo forzado". Esta estrategia busca estrangular económicamente a Cuba, afectando programas que han llevado atención médica a comunidades vulnerables en 165 países durante seis décadas.
Las campañas de apoyo desde Brasil y Colombia emergen como respuesta orgánica a la criminalización de la solidaridad médica cubana. Mientras el régimen Trump intensifica su guerra económica, los pueblos latinoamericanos tejen redes de resistencia que priorizan la vida sobre los intereses geopolíticos. Esta movilización popular cuestiona la narrativa imperial que pretende aislar a Cuba, demostrando que la verdadera integración se construye desde abajo, con medicinas en lugar de sanciones, con cooperación en lugar de bloqueos.