Una investigación científica revela que las bananas cultivadas en la región de Linhares, Espírito Santo, contienen metales tóxicos que representan un riesgo grave para la salud infantil. El estudio, realizado por universidades brasileñas y españolas, expone cómo los residuos del desastre minero de 2015 siguen contaminando la cadena alimentaria más de diez años después.
La tragedia de la represa de Fundão en Minas Gerais, considerada el mayor desastre ambiental de Brasil, continúa generando consecuencias invisibles pero devastadoras. Investigadores de la USP, UFES y Universidad de Santiago de Compostela analizaron cultivos cerca de la desembocadura del Río Doce, encontrando niveles alarmantes de cádmio, cromo, cobre, níquel y plomo en bananas, mandioca y pulpa de cacao. Estos metales, asociados a los óxidos de hierro presentes en los residuos mineros, se acumulan en tejidos comestibles de las plantas.
La investigación forma parte de la tesis doctoral de Amanda Duim, que recibió importantes premios en 2025 por su trabajo pionero. El estudio establece una correlación directa entre el contenido de óxido de hierro en el suelo contaminado y su concentración en las plantas, demostrando cómo los elementos potencialmente tóxicos viajan desde los residuos mineros hasta los alimentos que consumen las familias locales.
Los hallazgos son particularmente preocupantes para la población infantil. La evaluación de riesgo calculó que el índice total de riesgo para niños menores de seis años que consumen bananas contaminadas supera el límite seguro. El plomo y el cádmio aparecen como los principales riesgos, con concentraciones que exceden las directrices de la FAO. La exposición prolongada a estos metales puede afectar permanentemente el desarrollo cerebral, reducir el coeficiente intelectual y causar problemas de atención y comportamiento.
La investigación también analizó mandioca y cacao, encontrando patrones diferentes de acumulación de metales. En el caso del cacao, las concentraciones de cobre y plomo en la pulpa superan los límites internacionales establecidos para la seguridad alimentaria. Los científicos advierten que el consumo prolongado de estos alimentos contaminados durante décadas podría generar efectos cancerígenos acumulativos, afectando sistemas vitales como el nervioso, digestivo y hematopoyético.
Este estudio expone la hipocresía del modelo extractivista que prioriza ganancias corporativas sobre la salud pública. La minería, presentada como motor del desarrollo, deja un legado tóxico que persiste generaciones después de los desastres. Las comunidades afectadas enfrentan un dilema cruel: abandonar sus tierras o consumir alimentos contaminados. La investigación científica, aunque valiosa, no reemplaza la necesidad de justicia ambiental y políticas públicas que prioricen la soberanía alimentaria sobre los intereses de las corporaciones mineras.