La cuarta semana de protestas en Bolivia volvió a dejar imágenes de un pueblo que no afloja. Una multitud bajó desde El Alto hasta La Paz para plantar cara al gobierno de Rodrigo Paz, el presidente centroderechista que lleva apenas seis meses en el poder y ya acumula una crisis económica que no se veía en cuatro décadas. Los manifestantes —mineros, campesinos, choferes, obreros fabriles— no solo exigen la renuncia de Paz: denuncian que su política económica liberal es la que está hundiendo al país. Gasolina de mala calidad que dañó miles de vehículos, salarios que no alcanzan, promesas incumplidas. “¡El pueblo está emputado!”, gritaron, mientras la policía los recibía con gases lacrimógenos y ellos respondían con piedras, palos y dinamita.
Paz anunció que se reduce el sueldo a la mitad, una medida que suena más a burla que a solución: su salario mensual ronda los 3.448 dólares, y la gente no está en las calles por eso. El mandatario descartó dialogar con quienes considera “violentos” y, junto a sus ministros, señala al expresidente Evo Morales como el responsable de las movilizaciones. Pero los trabajadores tienen claro el origen del problema: no es la crisis, son los políticos neoliberales que gobiernan para las élites y dejan al pueblo pagando los platos rotos. Mientras tanto, los bloqueos de rutas se multiplican y el desabastecimiento avanza, pero la lucha sigue firme.