La postal de Ginebra este fin de semana no es la de una ciudad sede de la diplomacia internacional, sino la de una plaza sitiada. Mientras los presidentes del G7 se reúnen en Évian, del otro lado del lago Lemans, la capital suiza amaneció con vidrieras cubiertas con tablones, comercios cerrados y un operativo policial que no se veía desde 2003. El antecedente es claro: aquella vez, la ciudad quedó arrasada tras los enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de seguridad.
Según reporta Le Monde, la convocatoria fue de la coalición No G7, que nuclea a organizaciones antimperialistas y antifascistas. Miles de personas marcharon por las calles de Ginebra para repudiar el encuentro de los presidentes de las economías más capitalistas del planeta. La consigna no deja lugar a dudas: "Por una respuesta frente al fascismo y el imperialismo". Le Figaro, por su parte, registró múltiples enfrentamientos entre manifestantes y la policía cerca de la sede de la ONU en Ginebra, donde la tensión escaló durante toda la jornada.
Le Temps profundiza el análisis político de la movilización y cita a voceras de la coalición: "Al interior del No G7, nadie defiende un modelo socialdemócrata". La frase revela un quiebre con las formas tradicionales de protesta. No se trata de pedirle mejores condiciones al capitalismo, sino de rechazar de cuajo la legitimidad de un club que decide el destino del mundo sin consultarle a nadie. La crítica apunta directo al corazón del sistema: el G7 no es un espacio de diálogo, es la cumbre de los que mandan.
Ginebra está blindada, pero no callada. Las marchas no solo denuncian la cumbre, sino que ponen en evidencia el cerco represivo que se monta cada vez que los poderosos se juntan. La ciudad quedó partida en dos: del otro lado del lago, los presidentes deliberan; de este lado, la calle se toma la palabra.


