La Marcha de la bronca juntó a una multitud en ciudades de todo el país. La convocaron sectores de izquierda, pero el enojo que la sostuvo atravesó a buena parte de la población. Hay un hartazgo que ya no distingue entre ciudad y campo, entre salario y changa: la cosa no da para más.
Entre esa multitud estaban los pueblos originarios. Vienen soportando injusticias desde hace tiempo, aunque ahora la situación llegó a su punto máximo. Ya no encuentran justicia ni un recurso donde hacer valer sus derechos, sobre todo el derecho al territorio y a los bienes naturales con los que han vivido desde siempre.
Los territorios que cuidaron durante años hoy son objeto de la avaricia de terratenientes y empresas extractivas. Inmobiliarias, mineras y madereras quieren correr a las comunidades para instalarse y hacer sus negocios cómodos. No les importa el derecho ancestral, ni el de la Madre Tierra, ni mucho menos el de los humanos.
El agua es un bien preciado, y en muchos lugares escasea por eso se la cuida tanto. Ahí también apuntan los que quieren ocupar esos lugares. Por eso muchos hermanos y hermanas apoyaron, invitaron y participaron de la marcha: tenían que expresarse y denunciar lo que vienen soportando.
La bronca que salió a la calle no es solo por el bolsillo. Es también la de quienes ven que el lugar donde vivieron sus abuelos queda cercado por el negocio ajeno. Esa es la raíz que muchos prefieren no mirar.