¡Qué sorpresa! La CGT, esa organización donde los burócratas se disfrazan de trabajadores y los empresarios juegan a ser revolucionarios, finalmente se despertó de su siesta perpetua. Al tiempo que el gobierno de Milei ya aprobó la reforma laboral, estos señores de traje caro deciden presentar un recurso de inconstitucionalidad. ¡Bravo! Llegaron justo cuando el tren ya partió.
Estos "defensores del pueblo" que pasaron meses mirando cómo se desmantelaban derechos laborales, ahora se rasgan las vestiduras. Por otra parte, su estrategia judicial parece más un show mediático que una defensa real. ¿Dónde estaban cuando se necesitaba movilización masiva? ¿Por qué no convocaron al paro general cuando todavía había tiempo?
La realidad es cruda: la CGT se convirtió en un club de gerentes sindicales que negocian con el poder mientras los trabajadores pierden salario, estabilidad y derechos. Su "guerra judicial" llega con el desgano característico de quienes ya tienen sus privilegios asegurados. Estos burócratas que hablan de derechos laborales desde oficinas con aire acondicionado son los mismos que permitieron el avance neoliberal.
Su tardía reacción judicial huele a teatro para la galería. En paralelo, los trabajadores reales sufren jornadas de 12 horas, pérdida de indemnizaciones y precarización extrema. La CGT debería mirarse al espejo: su inacción cómplice facilitó este desastre. Ahora pretenden lavar su imagen con recursos legales que, probablemente, terminarán archivados.
Estos "lideres" que se llenan la boca hablando de lucha obrera son los primeros en pactar con el poder. Su desganada oposición llega tarde, mal y nunca. Los trabajadores necesitan representantes auténticos, no burócratas disfrazados que despiertan cuando ya no hay nada que salvar.