Entre el 8 y el 21 de septiembre de 1976, las Fuerzas Armadas irrumpieron en los hogares de un grupo de adolescentes de La Plata para eliminar lo que la Junta militar llamaba "potencial subversivo en el ámbito estudiantil secundario". El operativo, planificado por el Batallón 601 y ejecutado por la Policía bonaerense bajo el mando de Ramón Camps, fue bautizado por los propios represores como "La Noche de los Lápices". Secuestraron a María Clara Ciocchini, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Emilce Moler, Daniel Alberto Racero, Horacio Ángel Ungaro, Gustavo Calotti, Patricia Miranda y Pablo Díaz. Falcone, De Acha, Ciocchini, López Muntaner, Racero y Ungaro continúan desaparecidos. Nadie sabe dónde están.
Ese hecho no fue un rayo en cielo sereno. La militancia juvenil formaba parte de un proceso de politización extendido desde los años sesenta. Onganía creyó que bastaban los bastones largos y la intervención de las facultades para imponer orden en los claustros: un error de cálculo. El Cordobazo consolidó la efervescencia de la lucha callejera y selló una alianza entre el movimiento obrero y el estudiantil. Influenciados por la Revolución cubana y el rechazo al golpe chileno de Pinochet, amplios sectores juveniles abrazaron el antiimperialismo. El boleto estudiantil en La Plata no era un reclamo aislado.
Los sobrevivientes relataron cómo el régimen utilizó el cautiverio para sembrar miedo a través de sus cuerpos. Sus voces fueron un pilar para restituir la identidad política de los estudiantes, reconstruir el "Circuito Camps" y lograr la condena a prisión perpetua de represores como Miguel Etchecolatz. En casi una veintena de miles de comparecencias declararon más de diez mil testigos y víctimas. Solo en el Juicio a las Juntas de 1985 se presentaron más de 800.
Romper el ocultamiento y la impunidad pactada entre militares, sistema político y cúpula eclesiástica tomó años de lucha. Superar el temor, la sospecha de culpabilidad y la deslegitimación social implicó sostener una decisión política con la verdad. Las demoras crónicas de las causas, las prisiones domiciliarias y los sobreseimientos conviven con el blindaje total a los beneficiarios económicos del golpe. Solo cinco empresarios se sentaron en el banquillo. Sin mencionar los favores que protegieron a Juan Tasselkraut, hasta la garantía de impunidad con la que murió Carlos Pedro Blaquier, procesado en 2012 sin haber pasado jamás por una celda común.
El negacionismo actual del gobierno de Javier Milei inventa "terroristas disfrazados de estudiantes, periodistas, profesores e investigadores" para estigmatizar y criminalizar la organización colectiva. No se trata de una simple batalla cultural. Es parte del engranaje para legitimar el programa económico de miseria planificada, tal como escribía Rodolfo Walsh. A cincuenta años de la "Noche de los Lápices", el homenaje pertenece a los jóvenes platenses y a todos quienes con su testimonio abrieron grietas en el cerco de la impunidad.