Hay quien dice que el ballet cubano empezó a caminar solo cuando una generación mítica de bailarines le puso hueso y sudor. María Elena Llorente fue una de esas. Integró, junto a las cuatro joyas del ballet cubano, junto a Marta García, junto a tantos otros grandes artistas, ese grupo que sentó al Ballet Nacional de Cuba en la élite de la danza universal. Fue en la década de los 60, justo cuando se comenzaba a hablar de una escuela cubana autóctona y dialogante, bajo la guía de Alicia Alonso y Fernando Alonso. La merecedora del Premio Nacional de Danza 2015 aportó sus saberes al desarrollo de esa escuela y a la creación coreográfica. Su quehacer recibió galardones importantes en Cuba y otras partes del mundo.
Bailaba con dominio estilístico, corrección, belleza, contención y seguridad. Así la recuerdan colegas y público. Cada movimiento suyo llevaba un sentido, un impulso inédito y esencial que iba más allá de lo que cada obra pedía histriónicamente. Elementos que la situaron entre las artistas más admiradas.
La carrera fue larga. Todavía a finales de los años 90 era presencia habitual en los programas. El Premio Nacional de Danza 2015 reconoció esa trayectoria sobre la escena. Y algo más: su compromiso con la compañía que la vio crecer. Contribuyó a la formación de jóvenes bailarines, al montaje de nuevas obras, a la conformación y consolidación de un repertorio.
Maestra de muchas promociones, supo que lejos de los reflectores también se hace una obra grande. El mundo danzario pierde a una de las suyas. Pero la esencia de la maestra queda en escenarios y salas de ensayo, donde alguien, ahora mismo, corrige una postura sin saber que está repitiendo un gesto que ella enseñó.