Aquel 1 de mayo, la Plaza de la Constitución se colmó de trabajadores que marcharon en cuatro columnas: campesinos, obreros, estudiantes, técnicos y profesionales. Allende los saludó con emoción, pero también con la congoja de tener un mártir más: el joven José Ricardo Ahumada, asesinado en vísperas de la conmemoración. Sus funerales, dijo el Presidente, fueron la demostración más extraordinaria que Santiago había visto desde los tiempos de Pedro Aguirre Cerda.
El mandatario denunció con crudeza las maniobras de la oposición y del imperialismo. Recordó el paro patronal de octubre de 1972, derrotado por la conciencia de clase de los trabajadores, y alertó sobre un documento de la Sociedad de Fomento Fabril que planteaba la guerra civil como salida si la Unidad Popular superaba el 42% de los votos. "Los trabajadores no quieren la guerra civil", sentenció, llamando a fortalecer la unidad popular como única barrera contra el fascismo.
Allende también apeló a la disciplina y la responsabilidad de los propios trabajadores. Les pidió mayor producción, especialmente en el cobre y el trigo, para enfrentar el bloqueo financiero y la inflación. "No puede haber revolución sin disciplina", afirmó, mientras convocaba a defender la democracia y las conquistas alcanzadas. Fue un llamado a la organización, a la conciencia de clase y a la defensa colectiva de un proyecto que, a pocos meses del golpe, ya se tambaleaba bajo el peso de la conspiración interna y externa.