El 5 de mayo de 1976, una patota del Batallón 601 secuestró a Haroldo Conti en su casa del barrio de Palermo. Volvía del cine con su compañera Marta Scavac, después de ver El Padrino II. Esa madrugada, el escritor que había hecho del Delta del Paraná su refugio creativo y de la militancia en el PRT su compromiso político, fue arrancado de su "lugar de combate". La frase en latín que presidía su escritorio —Hic meus locus pugnare est hinc non me removebunt— no era una pose: era una declaración de principios que sostuvo hasta el final.
Nacido en Chacabuco en 1925, Conti construyó una obra literaria que abrazaba a los olvidados. Novelas como Sudeste, Alrededor de la jaula y En vida retrataban a personajes concretos, jodidos por el sistema. Pero fue Mascaró, el cazador americano (1975) la que selló su destino: ganó el Premio Casa de las Américas y fue censurada por la dictadura por su "orientación marxista". Su viaje a Cuba en 1971 había sido un punto de inflexión. "Desde La Habana tomé conciencia de América Latina", dijo. A su regreso, se sumó al Frente Antiimperialista por el Socialismo.
La noche del secuestro, los represores torturaron a Conti durante horas. Marta escuchó los gritos. Antes de llevárselo, él alcanzó a darle un beso en la barbilla —el único lugar descubierto de su rostro— y le dijo: "Cuídame el nene". Esas fueron sus últimas palabras. Fue visto con vida por última vez en el centro clandestino El Vesubio. El sacerdote Leonardo Castellani, su antiguo profesor, logró verlo allí, tan deteriorado que no lo reconoció. En 1980, Videla confirmó su muerte a periodistas españoles, pero pidió que no se publicara.
A 50 años, la pregunta que dejó Conti sigue vigente: ¿vale la pena escribir cuando el mundo se derrumba? Él respondió con su vida. Escribía "para rescatar hechos, para rescatarme a mí mismo". No era feliz haciéndolo, decía, pero no podía dejar de hacerlo. Como el álamo Carolina de su cuento, creció donde lo plantaron, firme, hasta que lo arrancaron. Pero sus historias —las de los boga, los silvestres, los orestes— siguen ahí, recordándonos que la literatura también es un acto de resistencia contra el olvido.