CINCUENTA AÑOS NO ES NADA: RAYMUNDO GLEYZER, EL CINEASTA QUE LA DICTADURA NO PUDO BORRAR
Un día como hoy

CINCUENTA AÑOS NO ES NADA: RAYMUNDO GLEYZER, EL CINEASTA QUE LA DICTADURA NO PUDO BORRAR

(★) .- A medio siglo de su secuestro y desaparición forzada, la obra del fundador del Grupo Cine de la Base sigue siendo una brújula incómoda para el presente: ni canonizado ni domesticado.

A 50 años del 27 de mayo de 1976, cuando un grupo de tareas de la dictadura cívico-militar secuestró, torturó e hizo desaparecer a Raymundo Gleyzer, su figura no deja de mutar. Como señala Javier Gabino en La Izquierda Diario, existen múltiples "Raymundos" que han circulado según la época: el de las catacumbas durante el menemismo, el liberado en la rebelión popular de 2001, el institucionalizado durante los gobiernos kirchneristas y el que hoy, en pleno gobierno de Milei, vuelve a emerger como un símbolo de resistencia. Pero todos comparten algo: la incomodidad de un cineasta que no se deja encasillar.
Gleyzer entendía el cine como una herramienta de transformación política y social, según recuerda Oscar Ranzani en Página/12. Fundador del Grupo Cine de la Base, su obra incluye clásicos como Los traidores (1973), una denuncia feroz contra la burocracia sindical peronista, y México, la revolución congelada (1970), donde analizaba los límites de los movimientos populares sin una perspectiva socialista clara. En su homenaje, cada 27 de mayo se celebra el Día del Documentalista.
El camino de recuperación de su obra fue largo y colectivo. Violeta Bruck, del colectivo Contraimagen, relata en La Izquierda Diario cómo a mediados de los 90, estudiantes de cine de La Plata comenzaron a rescatar sus películas de la mano del investigador Fernando Martín Peña, quien había localizado una copia de Los traidores escondida en latas con nombres falsos. Las primeras proyecciones en VHS circularon como mensajes encriptados en una época donde el posmodernismo y el menemismo reinaban. "En las escuelas de cine muy pocos quieren hablar de él", denunciaban entonces.
El momento más potente de esa reapropiación llegó después del Argentinazo de 2001. Bruck recuerda que Los traidores se proyectó en la cerámica Zanon, bajo gestión obrera, y en la textil Brukman ocupada. Allí, la trabajadora Celia Martínez dijo: "Porque como dice Raymundo...". Juana Sapire, compañera de Gleyzer, señaló el impacto del tiempo verbal: "dice", no "dijo". El cineasta seguía hablando en presente.
Sin embargo, la institucionalización de su figura trajo consigo una operación de desactivación política. Gabino advierte que durante el kirchnerismo se buscó convertir al "cineasta revolucionario" en un "cineasta comprometido", limando su filo combativo. Se lo recordó como víctima, no como combatiente con una estrategia política consciente. En la misma línea, Bruck cita al historiador Enzo Traverso: se rememoran "víctimas" pero se oculta su condición de "combatientes".
Gustavo Caro, en Noticias del Estero, aporta una mirada desde el interior del país. Recuerda que la primera vez que leyó el nombre de Gleyzer fue en 1994, en la revista FILM, donde Peña narraba la odisea de recuperar Los traidores. Años después, ya en Santiago del Estero, Caro organizó ciclos de cine político en la Universidad Nacional, donde la asistencia era escasa y el miedo a la represión aún palpable. "Hoy la ENERC está tomada por sus estudiantes y sus docentes están de paro. Como la población, el cine argentino se asfixia", escribe.
El presente no es alentador. El gobierno de Milei cambió el nombre del concurso federal Raymundo Gleyzer por el de Manuel Antín y removió sus películas de la plataforma CineAr. Pero, paradójicamente, esa embestida reactualiza la vigencia de su obra. Como señala Gabino, "los aspectos más incómodos de Gleyzer son los más estimulantes": su defensa de la militancia orgánica en un partido revolucionario, su antiimperialismo, su convicción de que el arte y la política no solo pueden sino deben estar unidos.
En una Argentina que parece una olla a presión, proliferan espacios alternativos, salas independientes, búsquedas de acción cultural callejera. En ese tejido, el Raymundo multifacético —periodista, cineasta, militante, organizador— tiene mucho para decirle a las nuevas generaciones. Como él mismo escribió: "Nosotros no hacemos films para morir, sino para vivir, para vivir mejor. Y si se nos va la vida en ello, vendrán otros que continuarán".