La crisis climática y la crisis de los cuidados no corren por carriles separados, aunque las políticas públicas las traten como si fueran mundos distintos. Karina Batthyány, desde San Pablo, Brasil, lo deja claro: son dos expresiones de un mismo modelo que desprecia sistemáticamente todo lo que sostiene la vida, tanto el entorno natural como el trabajo reproductivo. Y en ambos casos, las consecuencias las pagan las mujeres.
El proyecto Crisis Climática y Cuidados, que coordina Batthyány en cinco países de América Latina —Brasil, Honduras, Colombia, México y Uruguay—, busca justamente visibilizar ese nexo. Sequías, inundaciones, huracanes, desplazamientos por causas climáticas: cuando el entorno se degrada, la vida cotidiana se vuelve más difícil y ese costo adicional recae de manera desproporcionada sobre las mujeres. El Estado no llega, el mercado no llega, y la brecha la absorben ellas con su tiempo, sus cuerpos y su trabajo no remunerado.
Lo más llamativo del estudio es que, pese a las diferencias entre países, hay un patrón común: la intersección entre género, cuidados y cambio climático ya aparece en el discurso público, pero está completamente ausente en la arquitectura operativa de las políticas concretas. Los actores ambientales lo reconocen, los actores de cuidados empiezan a entender la relación, pero cuando se va al terreno no hay ninguna medida que articule ambas preocupaciones. La mayor parte del conocimiento sobre este cruce viene de los movimientos sociales, no de la academia.
Batthyány insiste en que la sostenibilidad ambiental, la sostenibilidad climática y la sostenibilidad del cuidado son la misma urgencia. No hay jerarquía entre una y otra. Se trata de dos fenómenos que se cruzan, que afectan la vida cotidiana de todas las personas y que requieren respuestas concretas, no solo reconocimiento discursivo.