Hace cinco años, la ciguata fue una decisión. Hoy es una semilla que ya germinó. Lo que empezó como una apuesta por el cuidado se transformó en un territorio de sanación colectiva donde las mujeres que defienden tierra, territorios y vidas pueden hacer una pausa. "Realmente este espacio ha sido como una resurrección para las mujeres", cuentan quienes lo habitan. "Muchas estábamos muertas en vida, realmente en el corazón de uno por defender, pero ya no era porque contábamos con las fuerzas. Nace la ciguata y empieza la vida".
Pero la ciguata no es solo descanso. Es un lugar donde pasan cosas profundas. "Aquí se le remueven a uno todo. Uno viene a meditar, a estar en paz, pero no olvidar. Por ahí pasa la sanación: poder poner enfrente de una misma eso que duele, eso que se rompió, pero que es necesario ver para poder continuar". Porque la ciguata es eso: un espacio para tomar pausa, reflexionar, descansar y también llenarse de energía para seguir en la lucha.
La experiencia es sensorial. Los masajes llegan justo donde duele. Las comidas de doña Celina y la sonrisa de Yajaira son parte del ritual. Las plantas también tienen su lugar: "Yo hablo con ellas y digo, ahí dejo también todas esas malas energías. Ellas me las quitan. Y no solo lo practico para mí, sino para otras compañeras que están en la misma lucha".
Hoy, al celebrar el quinto aniversario, quienes transitaron la ciguata recuerdan el estrés de los inicios, las dudas sobre si iba a funcionar. Y piensan que sí funcionó. "Así como las plantas han brotado de la tierra y podemos ver la lavanda, el romero, también eso ha significado para la vida de quienes hemos transitado". El lema que el pueblo garífuna regaló lo resume todo: Aura Buni Amorununi, yo para ti, tú para mí. Eso es la ciguata.