La presentación del libro de Jorge Alemán, "Neoemperadores, el goce del poder", funciona como un cachetazo para una militancia que prefiere el consuelo del dogma. Frente a una sala colmada en un día destemplado, el autor propuso que ya no enfrentamos un capitalismo con democracia, sino una disyuntiva terminal: o salvamos la democracia o nos devora el capital. En este nuevo orden, las tecnológicas desplazaron a las multinacionales clásicas en su poder de decisión, operando agendas permanentes que organizan nuestros odios, miedos y fascinaciones individuales y colectivas.
La tesis central gira en torno a la "economía del goce" y el ejercicio de la crueldad como factor inherente al nuevo orden. Alemán advierte que la maldad se ha vuelto popular bajo la lógica neoliberal. Ya no hace falta esconder la represión brutal contra les jubilades ni la falta de medicamentos esenciales para pacientes terminales. El horror se televisa sin filtros. El neoemperador gestiona las pasiones colectivas de megamillonarios y corporaciones, autorizando el daño al otre como un sustituto degradado de la justicia social. En contextos de precariedad, ver caer a alguien más se convierte en el único alivio para una subjetividad fragmentada.
El autor también sacude a las organizaciones populares y solidarias latinoamericanas. Denuncia la tendencia al aislamiento y la falta de lectura sobre cómo el sistema interviene en les sujetos mediante mecanismos como la producción de plusvalía invisible en plataformas digitales. Las fuerzas progresistas suelen perderse en discusiones de superioridad moral que ignoran que el enemigo constituye una red global de saqueo de recursos naturales. Es urgente recuperar una autoridad política firme y una relación seria con la teoría para la militancia popular para no terminar siendo víctimas de una mutación antropológica. Esta mutación busca convertirnos en apéndices de la maquinaria tecnológica, borrando las herencias simbólicas que nos daban un suelo común.
Sin embargo, el horizonte no está sellado. La historia continúa en disputa y existe un "resto indómito" en lo humano que se resiste a ser reducido a mercancía. No victimizarse constituye el primer paso para una contraofensiva real. La tarea para les oprimides consiste en reconstruir un entusiasmo colectivo capaz de impugnar este genocidio planificado. Debemos defender la "catedral" del pensamiento crítico frente a los gurúes tecnológicos que pretenden abolir la ilustración. Solo mediante la organización asamblearia podremos recuperar la soberanía política sobre nuestras vidas antes de que la lógica imperial termine de saquear definitivamente lo que nos queda de humanidad.