El Mundial de 1966 ofreció una lección que el continente africano supo leer con lucidez. Quince selecciones boicotearon el torneo ante la decisión de la FIFA de asignarles una sola plaza compartida con Asia y Oceanía. Kwame Nkrumah y la CAF entendieron algo que hoy parece olvidado: la dignidad no se mendiga en el campo de juego. El boicot funcionó. Dos años después, África obtuvo su lugar propio. Fue un portazo histórico.
Pero la historia no avanza en línea recta. Lo que en 1966 fue rebeldía, hoy es espectáculo de sumisión. El sistema logró lo que el boicot evitó: transformar al fútbol en la bandera del verdugo. Negros, pobres y descendientes de esclavizados corren por selecciones que históricamente los bombardearon, saquearon y encadenaron. El oprimido se viste de imperio y defiende con uñas y dientes a su propio opresor. No es casualidad: es el triunfo más perfecto del colonialismo cultural.
El materialismo dialéctico revela la contradicción. Mientras en Bolivia el gobierno de Rodrigo Paz expulsa misiones de derechos humanos y reprime al pueblo; mientras en Chile la ultraderecha elimina el programa de reparación a víctimas de Pinochet; mientras en Salta una jueza desaloja a comunidades originarias ignorando al INAI, los estadios se llenan de trabajadores precarizados aplaudiendo a millonarios que patean una pelota. El deporte, los himnos, los colores patrios: todo es el folclore que el sistema usa para que los de arriba sigan arriba y los de abajo sigan aplaudiendo.
La ideología del fútbol mundialista funciona como aparato de Estado al servicio del capital. Naturaliza la nación imperial como comunidad imaginada incluso para quienes esa nación excluyó, explotó y asesinó. El pibe del conurbano y el descendiente de pueblos originarios envueltos en banderas que no son suyas constituyen la imagen más cruda de la alienación: celebran la riqueza ajena, idealizan al opresor, mueren por colores que históricamente significaron su muerte.
La tragedia no es que exista el imperio. La tragedia es que el oprimido se vista de imperio. Y que el portazo de 1966, en lugar de multiplicarse, haya sido reemplazado por el aplauso servil de quienes, sin saberlo, cantan el himno de su propio verdugo.