Lo que para la mayoría es apenas una tormenta fuerte se convierte, en cuestión de horas, en un fenómeno ambiental devastador. Un equipo de investigadores del Conicet y la Universidad Nacional del Litoral (UNL) acaba de publicar un trabajo en la revista Human and Ecological Risk Assessment donde documentan cómo las lluvias intensas movilizan contaminantes acumulados durante semanas o meses en campos, industrias y sistemas de drenaje, generando descargas repentinas que alteran drásticamente la calidad del agua. El estudio se centró en la cuenca del arroyo Las Conchas, en Entre Ríos, conectada al río Paraná medio.
Los científicos analizaron lo ocurrido tras una tormenta extraordinaria en octubre de 2025, cuando cayeron entre 83 y 118 milímetros en apenas dos días. Las muestras, tomadas 24 horas después, capturaron los llamados "pulsos de contaminación" o first flush: el arrastre simultáneo de todo el material tóxico acumulado durante períodos secos. El punto más crítico fue el arroyo Crespo, aguas abajo de instalaciones de tratamiento de efluentes, donde el agua presentaba coloración rojiza, olor pútrido y niveles de oxígeno disuelto por debajo de 0,5 miligramos por litro, cuando el mínimo para proteger la vida acuática es de 4,7. También se detectaron concentraciones elevadas de cobre, plomo y zinc, consideradas de riesgo severo para organismos acuáticos.
Para medir el impacto biológico, el equipo expuso renacuajos de sapo común argentino al agua del arroyo Crespo sin diluir. El resultado fue contundente: el ciento por ciento de los ejemplares murió en menos de 24 horas. Los investigadores atribuyen la mortalidad a una combinación letal de falta de oxígeno, contaminación bacteriana, materia orgánica en descomposición y metales pesados. Incluso donde no hubo muerte, los renacuajos mostraron alteraciones en su capacidad de desintoxicación celular y redujeron drásticamente su movilidad, comprometiendo su supervivencia. Imágenes satelitales históricas revelaron además una pluma rojiza aguas abajo de lagunas de tratamiento, sugiriendo una conexión hidráulica con el curso de agua durante las tormentas.
La toxicidad disminuía río abajo, pero las huellas de contaminación seguían siendo detectables incluso en sectores de la reserva Enrique Berduc, uno de los ambientes mejor conservados del centro entrerriano. Los investigadores también hallaron cianobacterias de los géneros Microcystis y Oscillatoria, potencialmente productoras de toxinas.