En una Casa do Povo repleta, el filósofo y activista Michael Löwy lanzó su nuevo libro "Marx Naródnik", en un evento realizado el 7 de marzo de 2026 con el apoyo de la Fundación Lauro Campos y Marielle Franco. La presentación estuvo a cargo de José Correa Leite, filósofo y animador de la Asamblea Mundial por la Amazonía, quien describió a Löwy como "el último representante del marxismo occidental y del marxismo revolucionario" con origen en la Revolución Rusa. Correa Leite recorrió una obra que abarca desde la teoría de la revolución en el joven Marx hasta el ecosocialismo, y señaló que falta actualizar la entrada de Wikipedia sobre el autor para incluir su contribución central a esa corriente, que lo ocupa desde hace casi tres décadas.
El libro explora la relación de Marx con los narodniki, revolucionarios rusos que en 1879 fundaron la organización Narodnaya Volia, la Voluntad del Pueblo. Estos populistas revolucionarios buscaban ir al campo para politizar a los campesinos y preparar una revolución contra el zarismo, partiendo de las tradiciones colectivistas de la comuna rural rusa, el mir o la obshchina. La idea central era desarrollar una vía específicamente rusa hacia el socialismo que evitara el capitalismo, considerado un desastre para Rusia. Tras el fracaso inicial de la propaganda en el campo, adoptaron la táctica del atentado y en 1881 lograron matar al zar Alejandro II, pero el movimiento fue brutalmente reprimido y prácticamente aniquilado.
Löwy dedicó su exposición a la memoria de su compañera Helene Varikas, quien sentía una gran pasión por los narodniki, especialmente por las mujeres revolucionarias que tuvieron un protagonismo inédito en ese movimiento. El filósofo explicó que Marx siguió con simpatía estos acontecimientos, considerando los atentados "un modo de acción históricamente inevitable" ante el carácter absolutista del régimen zarista. Más importante fue el interés de Marx por los escritos teóricos del movimiento, particularmente de Nikolai Chernyshevski, lo que lo llevó a estudiar ruso para leer sus trabajos sobre la comuna rural. En la famosa carta a Vera Zasulich de 1881 y sus borradores, Marx sugirió que la comuna rural rusa podría ser "el punto de partida para la regeneración de Rusia", siempre que una revolución rusa la salvara. También en el prefacio a la edición rusa del Manifiesto Comunista de 1882, Marx y Engels afirmaron que si la revolución rusa daba la señal para la revolución proletaria en Occidente, la propiedad común de la tierra en Rusia podría servir como punto de partida para una evolución comunista.
La hipótesis central de Löwy es que en estos últimos escritos Marx estaba formulando implícitamente una nueva concepción del materialismo histórico, que rompía con el modelo universalista del prefacio de 1859. Esta nueva visión implicaba que no existe un único proceso de evolución histórica para todos los países, que el carácter de la revolución no está determinado por el nivel de las fuerzas productivas, que los países atrasados y periféricos no necesitan pasar necesariamente por una etapa de revolución burguesa, y que los campesinos pueden ser una fuerza revolucionaria fundamental. La historia del siglo XX, con todas las revoluciones socialistas triunfantes en países periféricos como Rusia, China, Yugoslavia, Vietnam y Cuba, confirmó esta hipótesis del último Marx, aunque los marxistas rusos, incómodos con estas ideas que parecían contradecir el materialismo histórico, silenciaron la carta a Vera Zasulich y apenas mencionaron el prefacio de 1882.
Durante el debate, Löwy conectó estas reflexiones con la realidad latinoamericana, mencionando a José Carlos Mariátegui, quien en los años 20, sin conocer estos textos de Marx, llegó a conclusiones similares sobre la comunidad rural peruana como punto de partida para un socialismo en Perú. Ante la pregunta sobre Brasil, el filósofo señaló que el país es un caso complejo, semiindustrializado y dependiente, pero con contradicciones propias de la periferia del sistema. Frente a la crisis ecológica global, la discusión sobre las tradiciones comunitarias adquiere nueva actualidad: hoy son los indígenas los guardianes de la floresta, las primeras víctimas de los sicarios de la agroindustria predatoria. La idea de una agricultura campesina alternativa, basada en la tradición familiar, el mutirón y las cooperativas, como la que impulsa el MST, resuena con la intuición del último Marx de que en las tradiciones precapitalistas de ayuda mutua pueden encontrarse puntos de apoyo para una lucha socialista que no repita la catástrofe ecológica del capitalismo.