UNA REFUNDACIÓN DESDE LA RAÍZ ANCESTRAL
Arte y Pensamiento

UNA REFUNDACIÓN DESDE LA RAÍZ ANCESTRAL

(★) .- La crisis ecológica no es un accidente: es la culminación de una metafísica que cosificó la vida y que las aulas siguen reproduciendo.

La mesa “Pensamiento descolonial y universidad pública”, organizada por el Seminario Hismer, el Colegio de Historia y Ciencias Sociales y #AkalMéxico en la UACM del Valle, no fue un conversatorio más. Juan Carlos Sánchez-Antonio y Ramón Grosfoguel pusieron sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué universidad construir cuando el edificio conceptual que la sostiene está agrietado por dentro? La respuesta se buscó en una genealogía que no empieza en Grecia sino en las lenguas milenarias, en los códices, en los sistemas calendáricos que ya predecían eclipses siglos antes de que nacieran los presocráticos. La universidad occidentalizada, dijeron, es una máquina de cosificación: convierte la naturaleza en objeto, el saber en mercancía y la vida en dato.
Sánchez-Antonio, hablante de zapoteco, contó su propio trayecto: doctorado en teoría crítica, dominio de Foucault, de Dussel, de toda la jerga de las ciencias sociales. Hasta que un día se preguntó qué sabía de su propia cultura. La respuesta fue el silencio. Entonces se sumergió en una arqueología de larga duración: la lengua zapoteca como biblioteca viva, con al menos cinco mil años de conocimiento encarnado. Y encontró un sistema de categorías que no gira en torno al ser, la identidad o la sustancia, sino en torno a fuerzas que se complementan: agua-fuego, aire-tierra, movimiento-vida. La pregunta fundamental de la filosofía, dijo, no es por lo inmutable sino por la vida. Y la vida, en ese horizonte, no es un concepto: es agua que fecunda, fuego que transforma, tierra que sostiene. La crisis ambiental actual, insistió, no es un fallo técnico sino el resultado de una metafísica que separó el pensamiento de la materia y declaró guerra a lo diverso.
Grosfoguel fue más lejos. Planteó que la matriz epistémica que domina las universidades no es solo eurocéntrica sino destructiva de la vida, y que tanto la derecha como la izquierda comparten ese mismo marco categorial. El problema no es solo qué se lee sino quién lee: hombres de cinco países occidentales, cuya experiencia histórica representa una fracción mínima de la humanidad, disfrazada de universal. Ese provincialismo se exporta a escala planetaria a través de una jerarquía que llama “Universidad Occidentalizada”, y que produce epistemicidio: margina, excluye y anula otros saberes. Frente a eso, propuso un primer paso: la diversidad epistémica en cada disciplina. Que la filosofía zapoteca o mapuche no sea folclore sino interlocutora. Y un segundo paso: romper las disciplinas del siglo XIX, nacidas para servir a los imperios, y pensar desde los problemas concretos de la humanidad, como la destrucción ecológica del planeta.
Ambos coincidieron en un diagnóstico: el pensamiento dominante está agotado. No tiene categorías para responder a la crisis civilizatoria que él mismo generó. La cumbre de Copenhague, recordó Grosfoguel, terminó en la nada, mientras que la de Cochabamba, con pueblos originarios, llegó con propuestas concretas. La diferencia no es de voluntad sino de marco conceptual. Mientras se siga pensando desde el sujeto que domina al objeto, desde la razón que se cree neutral, desde el ojo de Dios secularizado de Descartes, no habrá solución posible. Hay que aprender a desaprender, dijo, para volver a aprender. Y ese aprendizaje no viene de los manuales sino de la raíz común, de los pueblos que supieron, antes que nadie, que el agua es sagrada y que su retirada es un presagio. La sexta extinción masiva no es un destino sino una advertencia. La universidad que viene, si es que viene, tendrá que ser pluriversidad: un lugar donde el saber no se acumula sino que se comparte, donde la tierra no es objeto de estudio sino condición de existencia.