La doctora Perla Valero, investigadora del CIDE y profesora de la UNAM, abrió el taller "Masculinidades anti-hegemónicas ante la violencia de género" con una advertencia contundente: el auge de las derechas radicales en el mundo occidental no solo se explica por factores económicos y sociales, sino también por la construcción de un discurso que apela directamente a las masculinidades y a las relaciones políticas entre hombres y mujeres. La especialista, integrante del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras nivel 1, señaló que los progresismos y las izquierdas desatendieron durante décadas la discusión sobre el género, dejando que ese terreno fértil fuera ocupado por discursos reaccionarios que hoy ya no son marginales.
Valero recorrió la historia de la virilidad para desmontar su pretendida naturalidad: las formas de ser hombre mutan según la época y el territorio, y en América Latina estuvieron siempre atravesadas por la herencia colonial, las jerarquías raciales y de clase. En esa clave, recuperó los estudios de la feminista decolonial Rita Segato sobre los mandatos de masculinidad, esa exigencia constante de demostrar virilidad mediante la violencia sobre otros cuerpos, y la pedagogía de la crueldad como escuela de sometimiento. La investigadora advirtió que el neoliberalismo precarizó a los varones hasta dejarlos sin el rol de proveedores, y que la única salida que les ofreció el sistema fue la violencia: hacia las mujeres, hacia otros hombres y hacia sí mismos.
Uno de los momentos más lúcidos de la exposición fue el señalamiento de la complicidad de ciertos feminismos corporativos y empresariales con esa dinámica. Valero denunció que durante décadas se impulsó un feminismo neoliberal que prometió a las mujeres el empoderamiento individual y el éxito económico, mientras desmantelaba los derechos sociales, y que al mismo tiempo les dio la espalda a los varones, tratándolos solo como potenciales agresores. Ese vacío, afirmó, fue aprovechado por la ultraderecha, que hoy les ofrece a los hombres un reino privado donde ejercer la dominación doméstica como pago de consolación, sin tocar las estructuras que los oprimen.
Frente a ese panorama, Valero recuperó el pensamiento de la feminista negra bell hooks y su propuesta de una hombría feminista: una forma de ser hombre antipatriarcal, comunitaria y afectiva, que asuma la mutilación emocional que el patriarcado inflige a los varones y los reconozca como camaradas de lucha y no como enemigos. La especialista insistió en que la violencia de género es un síntoma de la violencia estructural desviada, y que la transformación no vendrá de separar a los sexos sino de construir solidaridad política entre quienes comparten la opresión. La tarea, dijo, es urgente: si las izquierdas no ofrecen a los jóvenes referentes de una masculinidad amorosa y no autoritaria, las ultraderechas seguirán ganando terreno con su promesa de poder a costa de la dignidad de todos.