LA ETERNIDAD DE UNA CABEZA RAZONABLE: DOLLY PARTON Y LA LEALTAD DE CLASE COMO HORIZONTE
Homenaje

LA ETERNIDAD DE UNA CABEZA RAZONABLE: DOLLY PARTON Y LA LEALTAD DE CLASE COMO HORIZONTE

(★) .- La industria del espectáculo despide a la estrella; la historia recupera a la hija de aparceros que nunca traicionó a los suyos.

Los homenajes a Dolly Parton se detienen en su cancionero y en sus obras benéficas. Esos méritos alcanzan para el elogio, pero no agotan la figura. La mujer que pasó seis décadas bajo los reflectores nunca dejó de ser lo que fue al principio: clase trabajadora y leal a todos los que siguen siéndolo. Nacida en 1946 en una cabaña de una habitación en Tennessee, cuarta de doce hermanos, creció viendo a sus padres trabajar tierras ajenas antes de comprar un pequeño fundo propio.
Su partida a Nashville al día siguiente de graduarse en 1964 no fue un gesto de ambición individual. Fue la decisión de abrirse paso en un negocio que los hombres habían construido para excluir a las mujeres, y ella insistió en ser cantante y compositora. Toda su carrera llevó el sello sindical: fue miembro del Local 257 de la Federación Estadounidense de Músicos hasta el final, presentando contratos sindicales para que su banda cobrara salarios dignos. "Antes de ser un ícono, Dolly era una música trabajadora", dijo el presidente del sindicato tras su muerte.
Ese instinto de clase es la verdadera historia detrás de "9 to 5". La canción y la película de Jane Fonda que musicalizó se recuerdan como comedia de oficina de los ochenta, pero nacieron de una lucha real. El film se basó en una organización de trabajadoras administrativas de Boston fundada en 1972, que denunció la colusión ilegal de bancos y aseguradoras para fijar salarios bajos y ganó un aumento del diez por ciento antes de convertirse en un distrito del sindicato SEIU. Como decía una de sus fundadoras: "Tu jefe está organizado. Mejor que te organices también".
Parton también supo defender a los que el poder señalaba. Respaldó a la comunidad LGBTQ con hechos: su productora financió el documental sobre el memorial del SIDA que ganó el Oscar mientras la Casa Blanca de Ronald Reagan callaba. En 2004, cuando el Ku Klux Klan anunció una protesta en Dollywood, el parque respondió que no se les permitiría la entrada. Y cuando una visitante lesbiana fue obligada a dar vuelta una remera, ella fue explícita: "Dollywood es un parque familiar y todas las familias son bienvenidas".
Su solidaridad se extendió a un músico musulmán injustamente incluido en una lista de vigilancia, a quien incluyó en un álbum. Y en 2020, preguntada por el movimiento Black Lives Matter, no dudó: "Por supuesto que las vidas negras importan. ¿Creemos que nuestros pequeños traseros blancos son los únicos que importan? No". Cuando Whitney Houston versionó su canción y le reportó diez millones de dólares en regalías, compró un complejo de oficinas en un barrio negro de Nashville y lo convirtió en su sede, llevando desarrollo a una zona ignorada por otros inversores.
La que construyó un imperio desde una cabaña sin electricidad gastó su fama y fortuna en quienes necesitaban protección: los músicos de su banda, las secretarias que inspiraron su mayor éxito, los jóvenes gays y trans en busca de aceptación, el hombre musulmán bloqueado en el aeropuerto, los manifestantes negros del verano de 2020. Ese es el currículum de una heroína de clase, y el resto es solo la banda sonora de su vida. La utopía no fue su sueño: fue su práctica cotidiana, hecha de gestos concretos que desafiaron a los hipócritas y abrazaron a los condenados.