SESENTA AÑOS TEJIENDO VIDA: LA RED QUE NO QUIERE CRECER, SINO FORTALECERSE
Politica Solidaridad

SESENTA AÑOS TEJIENDO VIDA: LA RED QUE NO QUIERE CRECER, SINO FORTALECERSE

(★) .- La Central Cooperativa de Servicios Sociales de Lara desafía la lógica del capital con autogestión, precios justos y una escuela de confianza que se niega a expandirse para profundizar su transformación.

Desde el estado Lara, en Venezuela, una red de organizaciones nacida en 1967 para dar respuesta a la necesidad más elemental, la de sepultar a un ser querido sin recursos, lleva casi seis décadas demostrando que otra economía es posible. Lo que comenzó como una colecta solidaria para costear un entierro en un barrio popular de Barquisimeto, hoy es la Red Secosesola: más de 50 organizaciones asociadas, entre cooperativas de producción, grupos de campesinos, unidades de procesamiento artesanal y centros de distribución de alimentos. La historia, contada por sus protagonistas en un conversatorio virtual del Consejo de Educación Popular de América Latina y el Caribe, no es la de una empresa que acumula, sino la de un organismo vivo que se pregunta por el sentido del hacer.
El recorrido de la red está marcado por hitos que revelan una tensión constante con las formas tradicionales de organización. A mediados de los años setenta, la lucha por mantener el pasaje de transporte en el precio acordado los enfrentó al Estado, y de esa experiencia dolorosa surgió una autocrítica que reorientó su camino. Comprendieron que un proceso comunitario no debía repetir la lógica de la disputa de poder, sino profundizar su conexión con la comunidad. Ese aprendizaje los llevó a desdibujar las jerarquías: no hay jefes ni junta directiva, y las decisiones se toman en miles de encuentros anuales donde la palabra circula entre campesinos, médicos, enfermeras y trabajadores de las ferias. El no tener patrón no se decreta, se conquista día a día con la responsabilidad colectiva de sostener los acuerdos.
La economía de la red no se rige por la oferta y la demanda. Los precios se establecen a partir de los costos reales de producción, en diálogo directo con las más de 350 familias campesinas que la integran. En sus ferias de consumo, que atienden a miles de personas cada semana, se aplica un precio ponderado: el kilo de verdura cuesta lo mismo sin importar si es papa o cambur, lo que permite abaratar la canasta. Cuando la hiperinflación y los apagones golpearon al país, la respuesta fue la confianza acumulada: fiar toneladas de alimentos para que las familias pudieran comer, con la certeza de que pagarían al restablecerse la electricidad. Esa misma lógica sostiene sus fondos de ayuda mutua, donde la pérdida de una cosecha no significa la ruina del productor y el financiamiento para semillas autóctonas no cobra interés.
El Centro Integral Cooperativo de Salud, un edificio de tres pisos construido con los excedentes de las ferias y hasta con las monedas de los "vuelto por la salud", es hoy un hospital cooperativo de referencia. Allí, como en cada espacio de la red, el equipo rota los saberes para que el conocimiento no se acumule en una persona. En lugar de salario, los asociados perciben un anticipo societario, una porción de los excedentes calculada responsablemente. La red no busca crecer en número de sedes, sino fortalecer la organización comunitaria en cada territorio, compartiendo sus métodos con quien quiera replicarlos. No reciben apoyo del gobierno ni de fondos internacionales: viven de su propio trabajo y de la solidaridad construida, en una apuesta que reivindica la autonomía como base de una economía que pone la vida en el centro.