Cerca de 5.000 trabajadores rurales ocupan desde 2012 tres ingenios azucareros quebrados en União dos Palmares, Alagoas, y los transformaron en el campamento Che Guevara. Luiz da Silva, agricultor, lo resume: “Tudo aqui fui eu que plantei. Aqui era tudo cana. Agora tem um bananal, 15 pés de manga, todos florescendo, uns 13 pés de caju, todos produzindo”. Tras 14 años, esas familias están siendo reubicadas en asentamientos con promesa de territorio definitivo.
Débora Nunes, de la dirección nacional del MST, sostiene que la reforma agraria sigue pendiente en el estado y en el país. Entre 2023 y 2026, durante el gobierno de Lula, se asentaron 59.000 familias, pero quedan 145.000 acampadas esperando tierra.
En la Aldeia Vitória, en Paraíba, el pueblo Tabajara recuperó hace dos décadas el territorio del que fue expulsado por usineros. El cacique Ednaldo Tabajara lo dice sin rodeos: “Arrancaram nossas folhas, quebraram nossos galhos, cortaram nosso tronco, mas esqueceram de arrancar nossa raiz”. María José da Conceição, ceramista de 92 años, rememora las mudanzas forzadas y hoy celebra la retomada, que trajo empleo y renta a su gente.
La Ley de Tierras, sancionada por D. Pedro II hace 176 años, convirtió la tierra en mercancía y cerró el acceso a los pobres, los negros y los pueblos indígenas. Esa herencia explica por qué la disputa por el territorio sigue siendo el nudo donde se cruzan el colapso climático y la desigualdad.