Nació en Punta Arenas y tenía diez años cuando su padre, profesor, fue trasladado a Puente Alto. A los tres o cuatro meses estalló una huelga general docente que duró meses, sin sueldo, y él vio a su padre y a los demás maestros organizar la olla común en la plaza. Ahí entendió que la lucha incluye la solidaridad concreta y que estar del lado de los oprimidos no es una consigna: es una forma de vivir.
Hoy dice que ser de izquierda es buscar más igualdad para los menos favorecidos, y que la lucha de clases sigue siendo la brújula más útil para leer el escenario, por encima del izquierdómetro que mide quién es más revolucionario según el vocabulario. Se declara marxista sin pretensiones de experto y rescata la Teoría de la Dependencia de Ruy Mauro Marini y otros pensadores latinoamericanos, que mostraron cómo el capitalismo dependiente no solo extrae plusvalía sino que sobreexplota la mano de obra.
Su militancia empezó a los quince años en la Juventud Socialista de Puente Alto, pero duró poco: el discurso del MIR, que buscaba caminos propios frente a la democracia burguesa, lo llevó a un núcleo donde la formación política era central y se leían capítulos de El Capital y del Estado y la Revolución antes de cualquier acción. En 1973, cuando el golpe, ya era dirección regional del MIR en Magallanes. Cayó preso a fines de septiembre en Puerto Natales y estuvo dos años en prisión antes de ser expulsado del país. Partió a Panamá por un acuerdo entre Torrijos y Pinochet.
En Centroamérica vivió el otro lado de la década: mientras en el Cono Sur se multiplicaban las dictaduras, la revolución nicaragüense triunfaba en 1979 y él colaboraba en grupos de apoyo logístico al ingreso de armamento y combatientes desde Cuba hacia Nicaragua. Después vino el Plan Estratégico 77 del MIR, la Operación Retorno, que trajo a unos trescientos militantes formados en La Habana, Vietnam, Argelia, Libia y Nicaragua. Trabajó en fronteras, entrando y saliendo del país, hasta que en 1987 volvió legalmente con trabajo en la revista Análisis, con más miedo que antes, porque ya tenía familia.
La división del MIR lo encontró en el sector político, con Nelson Gutiérrez y otros, convencido de que la derrota militar no era un problema técnico sino de lectura política. Participó hasta el último congreso, a comienzos de los noventa, y después se retiró. Sigue trabajando en organizaciones sociales, en ATTAC contra la globalización neoliberal, en el proyecto Londres 38, en el movimiento autonomista desde 2016 y luego en el Frente Amplio.
Su diagnóstico del presente es duro: la derrota del plebiscito constitucional fue la pérdida de un proyecto en construcción, no de una elección, y todavía no se han sacado las lecciones. Dice que al Frente Amplio le falta formación teórica, que la militancia no discute táctica ni estrategia, y que el gobierno descuidó el vínculo con el movimiento social. Pero también ve un capital político en los cuadros formados en el Estado y confía en que la próxima década pueda traer un partido más sólido, más flexible y con liderazgos que no le teman al movimiento popular.