NIÑEZ INDÍGENA: LA MEMORIA COMO TRINCHERA CONTRA EL GENOCIDIO
Reflexión | Analisis Político

NIÑEZ INDÍGENA: LA MEMORIA COMO TRINCHERA CONTRA EL GENOCIDIO

(★) .- En Chiapas, los niños dibujan helicópteros militares que matan. En Gaza, dibujaron el genocidio antes de que el mundo lo viera.

Norma Angélica Rico Montoya abrió el conversatorio en la Sala de Literatura de la Universidad Pedagógica Nacional con una escena que no suelta. Fue corresponsal de guerra en Chiapas en 1994, con la edad de los estudiantes que ahora la escuchaban. Tres años después cubrió la masacre de Acteal: 45 personas asesinadas, cuatro mujeres embarazadas con el vientre abierto, fetos extraídos. La consigna de los paramilitares era "acabar con la semilla". Ese grito atraviesa su investigación sobre infancias zapatistas.
La profesora, doctora en investigación educativa por la Universidad Veracruzana, propuso una distinción que ordena todo lo que vino después. La colonización es el proceso militar, político y económico de conquista. La colonialidad es el trauma que queda, las relaciones de poder que persisten y que reproducimos cuando aceptamos que la ciencia occidental es la única posible. La descolonización son prácticas que no vienen de los intelectuales sino de los sujetos mismos.
Ahí entra la epigénesis de la memoria, concepto que Rico Montoya usa para desmontar el relato oficial. Nos hicieron creer que los movimientos indígenas nacen en un momento disruptivo, dijo. El zapatismo no empezó el 1 de enero de 1994, cuando el EZLN se levantó por once demandas básicas. Viene de 1521, de siglos de servidumbre en las fincas de Chiapas, donde las mujeres pasaban su primera noche con el señor finquero. Lo mismo con Palestina: el 7 de octubre de 2023 no es el inicio, sino la respuesta a un proceso de colonización que viene de 1947. Hay un patrón que conecta Gaza, Sudán, el Congo, Colombia y Chiapas: despojo territorial, proyectos extractivistas, pensamiento hegemónico.
Los dibujos de los niños zapatistas funcionan como archivo de esa memoria larga. Jorgito, de seis años, dibujó en 1998 un helicóptero militar matando a un niño. Para 2006, los soldados aparecían disfrazados de zapatistas, infiltrados. En 2014, los niños ya no les ponían rostro: eran soldados del norte que hablaban otra lengua, algunos de Estados Unidos y de Israel. Para 2024, el escenario cambió otra vez. Después de la pandemia, muchos hombres salieron a buscar trabajo como migrantes. Las comunidades quedaron a cargo de mujeres, niños y adultos mayores. Los narcoparamilitares ocuparon ese vacío. Hay cerca de 20.000 desplazados en Chiapas.
Rico Montoya trabaja con metodologías participativas: dibujo-entrevista, mapas comunitarios, líneas de tiempo, juegos transformados. En una comunidad tsotsil, la ronda "jugaremos en el bosque mientras el lobo no está" se convirtió en "mientras el Chopol Acualil no está". El Chopol Acualil es el mal gobierno. Los niños corrían en su lengua y los adultos hacíamos de mal gobierno. Otra vez perdíamos.
El derecho a la igualdad, en tsotsil, se dice ischleel pahal jashbenotik: el derecho a caminar juntos. No significa que todos somos iguales, sino que nadie avanza si no avanzamos todos. Si uno se detiene, hay que jalarlo. El derecho a la vida, kushleh altik, no es solo estar vivo: es la responsabilidad de seguir vivos, de defender la vida, la historia, la madre tierra.
La investigadora fue enfática. Los niños no son objetos de protección que no se dan cuenta de nada. Son sujetos sociales, políticos e históricos. Cuando se experimenta violencia, dijo, emerge el ser y empieza a reconocer que no tiene por qué vivir así. La conciencia no aparece a los 18 años. Hay niños muy pequeños que se dan cuenta de lo que ocurre a su alrededor.
Frente a la pregunta de una estudiante sobre los niños reclutados en Colombia, Rico Montoya respondió con un dato que la justicia especial para la paz ha reconocido: aproximadamente 18.000 niños. Los bombardeos contra campamentos donde se asientan esos grupos los llamaron "máquinas de guerra". La noción de niñez y de víctima desapareció para normalizar la muerte infantil. Esa normalización es una forma de colonización, dijo. Es pérdida de conciencia.
Sobre la esperanza, citó a Angela Davis en la UNAM: no hay tiempo para la desesperanza. No tenemos derecho a negarles la esperanza a nuestros niños aunque nosotros estemos desesperanzados. Hay que formar niños críticos que sepan cuidarse, que sepan que hay alguien que los va a escuchar, respetar y acompañar.
Dos ideas más quedaron flotando. La primera: la resistencia no es resiliencia. La resiliencia occidental dice "adáptate y aguanta". El verdadero resiliente es el que lucha contra las condiciones que lo subsumen. La segunda: en las matemáticas críticas de una maestra colombiana, los niños de comunidades en conflicto, vigilados, prohibidos de hablar de justicia social, encontraron un lenguaje. Hablaban de conjuntos, de intersecciones, de unidad. Para ellos, las matemáticas críticas se volvieron el lenguaje de la resistencia.
Rico Montoya estuvo tres días en Bogotá. El encuentro continúa el 17 de septiembre en la Escuela Normal Superior María Montessori, desde las ocho de la mañana, con mesas de trabajo de estudiantes del ciclo complementario de las normales del país. La investigación que trajo a la profesora se titula Infancia, Pedagogía y Formación de Maestros: Diálogos entre la Escuela Normal Superior Distrital María Montessori y la Universidad Pedagógica Nacional, y lleva un año y medio de trabajo.
Hay una imagen que Rico Montoya repite. Los niños zapatistas dibujaban helicópteros y soldados, pero también flores, comunidades, niños tomados de la mano. Dibujaban a su profesor, que había sido insurgente en 1994, que había tomado un arma a los 17 años y que en 2020 dejó las armas para darles clase. Los niños contaron esa historia. Los adultos no la conocían.